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Full text of "Lauxar (Osvaldo Crispo Acosta) - Juan Zorrilla De San Martín"

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L A U X A R 


JUAN ZORRILLA 
DR SAN MARTIN 



LA CASA DEL ESTUDIANTE 


\ 


928.61 

Z88c 

e.l 



L A U X A R 


JUAN ZOBRILLA DE SAN MARTIN 



EDITO 

Jla. ^0.60. <^el ílitudiante 


19 5 5 



La Casa del Estudiante no ha querido ni 
podido permanecer ajena a los homenajes que se 
tributan a D. Juan Zorrilla de San Martín este 
a!ño 1955 en el centenario de su nacimiento. Ella 
ha creído que su contribución más eficiente a la 
gloria del poeta es ilustrar al público sobre lo que 
ha sido él mismo en su vida y lo que es la obra 
que nos ha dejado. Para llenar ese propósito ha 
parecido lo mejor reproducir las páginas que el 
mismo D. Juan Zorrilla de San Martín eligió pa- 
ra hacer de ellas el prólogo de sus Obras Com- 
pletas en los Motivos de Crítica de Lauxar. A 
ese fin responde la publicación de este librito. 

La Casa del Estudiante se complace en manifes- 
tar públicamente su agradecimiento al escultor y 
pintor D. José Luis Zorrilla de San Martín por 
haber permitido reproducir aquí la magnífica 
efigie de su padre, el poeta, que es obra suya. 




I 


“Es la voz de la Patria”... ¿Quién no le ha 
oído repetir una y cien veces la idea de Carlyle 
sobre el poeta, expuesta a propósito de Dante, 
en su obra SoBRE LOS Héroes t el Culto del 
Héroe? En Dante — dice Carlyle — hablan los 
diez siglos mudos de la Edad Media. El poeta 
formula en palabras de belleza la verdad oculta 
que vive entrañada en el corazón del mundo, en 
espera del vidente capaz de llegar a ella y de 
arrancarla a su misterio para ofrecerla, en toda 
su dignidad sagrada, a los hombres. D. Juan Zorri- 
lla de San Martín, ya tarde y realizada la mitad 
de su obra, ha descubierto con admiración, exac- 
tamente definida en el libro de Carlyle, su mi- 
sión de poeta. ¿No fue acaso él mismo el verbo 
que dio ser y gloria, en el verso imperecedero, al 
alma de la patria sumida en el silencio y el ol“ 
vido sobre el sepulcro de la historia? Por él vive 
para siempre lo que fue un momento; por él ha- 
blará en canto perdurable, a las generaciones que 
se sucedan entre el Uruguay y el Plata, el espíritu 



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que sopló sobre nuestra tierra y formó en ella un 
pueblo unánime. La Leyenda Patru, Tabaré, La 
Epopeya de Artigas son títulos de gloria de la 
vida genuinamen'te oriental. 

Fue precisamente en una conmemoración pa- 
triótica de la Independencia Nacional como se re- 
veló Zorrilla de San Martin en su carácter de 
gran poeta. Había regresado a Montevideo, tras 
larga ausencia, en enero de 1878; se hallaba en 
su primera juventud, contaba sólo veinte y tres 
años de edad. En mayo de 1879 iba a inaugurar- 
se en La Florida un modesto monumento a la 
independencia. Fue su autor un brioso italiano 
radicado en el Uruguay, antiguo soldado de 
Garibaldi en su patria, uno de los Mil, Juan Fe- 
rrari, padre de nuestro compatriota Juan Manuel 
Ferrari, que erigió en Mendoza al Paso de los 
Andes una de las más grandes obras escultóricas 
del mimdo. D. Alejandra Magariños Cervantes, 
amigo y alentador de Zorrilla de San Martíjn, 
presidia la comisión del monumento y de las 
fiestas proyectadas para su inauguración. En ésta 
deberían recitarse las poesías patrióticas premia- 
das en un concurso abierto con ese objeto. Eran 
ya los últimos días del llamado y Zorrilla de San 
Martín no había resuelto presentarse al concurso 
cuando Magariños Cervantes, indignadísimo con 



Juan Zokmlla de San Martin 


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esa abstención, que reputaba personalmente ofen- 
siva para sí, porque el monumento era como cosa 
suya, lo decidió, casi por violencia, a que pre- 
parase una composición.* Zorrilla de San Martín, 
sostenido a fuerza de café, trabajó día y noche, 
poco más de una semana, en La Leyenda Patria. 
Concluida, vio que excedía en algunos versos el 
número fijado por las bases del llamado; con- 
sultó, para saber si esto sería un inconveniente, 
a Magari'ños Cervantes, y de acuerdo con sus indi- 
caciones, le dirigió una carta anónima por la pren- 
sa, proponiéndole la cuestión; Magariños Cervan- 
tes, en su calidad de miembro del jurado, contestó 
que a su juicio carecía de toda importancia la di- 
ferencia de unos pocos versos. Entre tanto el dic- 
tador Lorenzo Latorre se había enterado de que 
entre los concurrentes figuraba Zorrilla de San 
Martín, que era sobrino de su esposa, y quiso co- 
nocer su trabajo; en su nombre, le solicitó el Mi- 
nistro de Relaciones Exteriores, Dr. Gualberto 
Méndez que diese una lectura de aquél ante go- 
bernador; pero no consiguió su propósito sino a 
condición de que también se leyeran en el mismo 
acto las poesías de los otros concursantes, D. Au- 
relio Berro, Ministro de Hacienda, y D. Francisco 
Javier de Acba, secretario del gobernador. El ju- 
rado rechazó después la composición de Zorri- 



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lia de San Martín, porque no se ajustaba a las 
bases; sin embargo se le invitó a que la recitara 
en la ceremonia de la inauguración; pero Zorrilla 
de San Martín declinó ese ofrecimiento. Creía 
que, no estando dentro del concurso, no debía 
figurar en la fiesta. La leyó a pesar de todo; lo 
lo obligó a ello D. Aurelio Berro. Este, premiado 
en el concurso, visitó a Zorrilla de San Martin, 
a quien sólo conocía por haberlo encontrado en 
el Fuerte del Gobierno para la lectura de las com- 
posiciones, y le exhibió una carta dirigida al ju- 
rado en la que declaraba que, de no admitirse la 
poesía de Zorrilla de San Martín, retiraría la 
suya. Zorrilla de San Martín, con muchas instan- 
cias y la promesa de leer al piíblico su Leyenda 
Patria, logró que se conformase al fallo y reci" 
hiera el premio. Sansón Carrasco ha contado en 
uno de sus artículos — Colección de Artículos — 
como fue oída La Leyenda Patria, junto al mo- 
numento, entre explosiones de entusiasmo. Ya se 
habían recitado las composiciones premiadas de 
D. Aurelio Berro y D. Joaquín de Salterain; el 
pueblo, indiferente, había escuchado la declama- 
ción con la paciencia de las solemnidades apara- 
tosas y pesadas. Era un día lluvioso; el cielo 
estaba nublado. Leyeron los versos de D. Aurelio 
Berro un periodista catalán con el acento agrio 



Juan Zorrilla de San Martin 


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de su provincia, y los de D. Joaquín de Salterain, 
un joven de voz débil, que el viento apagalia por 
completo. Cuando le llegó el turno a Zorrilla de 
San Martín se despejó de pronto el tiempo; se 
abrieron las nubes y el sol bajó radioso a la mul- 
titud, que se reanimó con su luz y su calor. En la 
palabra evocatoria de Zorrilla de San Martín sin- 
tieron todos, vibrante en sus versos, patente en 
sus imágenes, el sentimiento de la vida nacional, 
aletargada en la tiranía y, quizás por eso, más 
grande y más intensa en el despertar de aquel 
instante. Zorrilla de San Martín quedó desde en- 
tonces consagrado poeta de la patria: mientras el 
pueblo frenético lo ovacionaba, Aurelio Berro, 
Joaquín de Salterain, Juan Ferrari, todos a una 
vez, se desprendían sus medallas para colgárselas 
a él en el pecho; pero no lo consistió el poeta. 
Entonces, de entre el gentío, una persona desco- 
nocida, un inglés, arrancó de la cadena de su reloj 
una medalla de oro y la hizo llegar a Magariños 
Cervantes para que la diese a quien mejor la mere- 
ciera. No podía ser más clara la intención de ese 
ofrecimiento inspirado en el entusiasmo del victo- 
reo a Zorrilla de San Martín; sin embargo Magari- 
ños Cervantes, probablemente molestado por una 
ocurrencia que desautorizaba en cierto modo el fa- 
llo del concurso, la destinó al constituyente D. 



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L A U X A R 


Alejandro Chucarro. Fue necesario que Zorrilla 
de San Martín acallase las protestas del puelilo 
con palabras de cordura y de triunfo. ¿Quién me- 
jor que un constituyente, podía merecer una me- 
dalla cuando se festejaba la Independencia? El 
constituyente cedió después la medalla, según 
cuenta el Dr. Gustavo Gallinal, al sargento D. Ti- 
burcio Gómez, guerrero de la Independencia, úni- 
co sobreviviente de los Treinta y Tres Orientales. 

La recitación de La Leyenda Patria consagró al 
poeta en forma solemne y estruendosa. El clamor 
de la multitud repercutió, por la prensa, en todos 
los ámbitos del país. Una placa puesta sobre la 
base del monumento de La Florida recuerda el 
triunfo de Zorrilla de San Martín como un fasto 
nacionaL Al cumplir los cincuenta años de aquel 
acontecimiento (mayo de 1929), el Banco de la 
República en homenaje y obsequio al poeta, que 
ocupaba un puesto en esa institución, resolvió cos- 
tear la publicación de sus obras completas. 

El poeta sintió frente a aquel homenaje la in- 
suficiencia de su obra, y quiso dar un testimonio 
más digno de su patria y de sí mismo. De su des- 
contento surgió la idea, vaga y lejana al principio, 
después obsesionante, clara, fija, de Tabaré. Así 
tomó la patria posesión definitiva del corazón del 
poeta en una hora de triunfo y de gloria. 



JUA> ZoraiLLA DE SAN MARTIN 


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Había nacido Juan Zorrilla de San Martín en 
Montevideo el 28 de diciembre de 1855. Fueron 
sus padres D. Juan Manuel Zorrilla y Da. Ale- 
jandrina del Pozo. Tenía apenas año y medio de 
vida cuando murió, de veinte y siete años, su 
madre. Las personas que cuidaron de su infancia 
— abuela materna y tíaS’ — esforzándose por reem- 
plazar en su solicitud con el niño a la madre 
muerta, supieron despertar y mantener vivo en él 
el culto de una santa veneración filial. De este 
modo se entregaba desde sus primeros años a un 
sentimiento profundo y elevado, sin corresponden- 
cia humana ni objeto en el mundo, y acostum- 
braba su espíritu a la absorción en una idea, al 
trato íntimo con lo inmaterial y misterioso. 

Comenzó sus estudios en el colegio de los Pa- 
dres Jesuítas establecido en Santa Fe, donde estu- 
vo dos veces pupilo, desde 1865 a 1867 y desde 
1872 a 1873, de los nueve a los once años y de los 
diez y seis a los diez y siete. Entre 1867 y 1872 
estudió en Montevideo, primero en el colegio de 
los Padres Bayoneses, recientemente fundado, y 
después en la Universidad. Recuerda Zorrilla de 
San Martín con ternura al rector de los Bayo ne- 
ses, el P. Juan del Carmen Souberbielle, hombre 



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de gran virtud y prestigio, a quien todos en la 
ciudad, desde el presidente de la República hasta 
el más humilde habitante, conocían y estimaban. 
Fue casualmente él quien asistió en su muerte al 
general Venancio Flores, y solía repetir a los 
alumnos del colegio la escena trágica. El P. Son* 
berbielle era un entusiasta propagandista, en nues- 
tra sociedad, de la obra de evangelización llama- 
da de la Santa Infancia. El personalmente 
solicitaba a todo el mundo y recogía el óbolo de 
los suscritores. Así había conocido al general 
Flores, y así, poco a poco, se unieron los dos hom- 
bres buenos en una amistad íntima y cordial. El 
19 de febrero de 1868 el P. Souberbielle llevaba, 
como de costumbre, al general Flores, a su casa 
en la calle Florida casi esquina Mercedes, el fo- 
lleto que la Obra de la Santa Infancia desti- 
naba a sus afiliados, cuando vio a la distancia, 
en la calle Rincón entre Juncal y Cindadela, un 
tumulto del que resultó un hombre tendido en el 
suelo mientras los demás fugaban. Acudió a él 
para socorrerlo, y vio entonces quien era. Flores 
estaba aún con vida, cosido a puñaladas, y pudo 
contestar al P. Souberbielle, que tomándole una 
mano, lo exhortaba a un acto de contrición, con 
una mirada fija de inteligencia y conformidad, 
alimentada con sus últimas fuerzas. Muchos años 



Juan Zorrilla de San Martin 


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más tarde, en 1893, la muerte dejó inconclusa una 
carta que el P. Scmberbielle, radicado en Europa, 
escribía a su antiguo discípulo Zorrilla de San 
Martín, entonces Ministro ante Francia y España. 

La cultura uruguaya era por los años en que 
corría la juventud de Zorrilla de San Martín rui- 
dosamente anticatólica. No consintió su padre que 
sufriese la influencia de un estado semejante. A 
los diez y ocho años fue enviado a Chile, como 
ya se había hecho con otros jóvenes de familias 
católicas, — • Carlos y Luis Piñeiro del Campo y 
Carlos Berro — para que estudiase allí Dere- 
cho. Hizo el viaje acompañado por los Sres. Rai- 
mundo Larraín Covarrubias y Juan de Dios Vial 
Cuzmán, los mismos que habían traído reciente- 
mente de Chile, a causa de una enfermedad, a 
Luis Piñeiro del Campo. 

Durante el primer año de su residencia en Chi- 
le vivió en casa de los Padres Jesuítas. Cierto li- 
bro que llegó por casualidad a sus manos le des- 
cubrió el secreto de un mundo nuevo, de una 
poesía interior: el libro era Hámlet; Shakes- 
peare, el gran creador de almas pasionales y se- 
cretas, fue quien despertó el alma de Juan Zo- 
rrilla de San Martín a la belleza del mundo y 
de la vida. Conoció también a Bécquer, y en él 



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L A U X A B 


aprendió una forma nueva de poesía. A su par- 
tida, había dejado en Montevideo una novia, la 
que cinco años más tarde sería su primera espor 
sa. Estaba solo, o así debía sentirse, en una casa 
austera y religiosa; sin ningún afecto íntimo de 
personas cercanas, vivía exclusivamente con el al- 
ma en el culto de la madre muerta y en el re- 
cuerdo de la novia ausente. ¿No era su vida ca- 
llada la poesía intensa y profunda de Shakespea- 
re? ¿no estaba su poesía en los versos de Bécquer? 
En aquellos años (1874 a 1877) Zorrilla de San 
Martín escribió, como Bécquer, versos y leyendas 
en prosa. 

Con un grupo distinguido de jóvenes chilenos 
y católicos redactaba La Estrella de Chile 
y asistía al Círculo de sus colaboradores. Diri- 
gían por turno cada número de la revista dos de 
sus redactores, y así, con una emulación constante, 
se obligaban al trabajo. En el Círculo cada aso" 
ciado leía a los demás sus producciones y escu- 
chaba su juicio sobre ellas. En dos solemnes oca- 
siones obtuvo Zorrilla de San Martín, fuera de la 
revista y del Círculo, grandes triunfos: primero 
en una fiesta de caridad, dada en Santiago, con 
su poesía El Dolor; después, en otra fiesta de 
Valparaíso en honor de Pío IX, para la que fue 
especialmente invitado, con su composición Pon- 



Juan Zorrilla de San Martin 


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tífice y Rey. A instancias de sus amigos, reunió 
sus versos de entonces en un volumen publicado 
en Santiago de Chile, el a'ño 1877, con el título 
Notas de un Himno. Precede a los versos un pró- 
logo escrito por Rafael B. Gumucio, el compañero 
de Zorrilla de San Martín en la dirección de La 
Estrella de Chile. Sus leyendas en prosa 
no han sido recogidas; habría que buscarlas en 
la revista citada. Debe mencionarse una de ellas. 
El Angel del Guabiyú, porque su principal per- 
sonaje es Artigas. 

Había en la casa chilena de los Jesuítas cierto 
padre catalán, de nombre Enrich, autor de una 
obra sobre la Compañía de Jesús en Chile, que 
se dedicaba a investigaciones históricas. A él acu- 
día frecuentemente Zorrilla de San Martin en 
busca de tema y datos para sus leyendas en prosa. 
No obtenía con facilidad, ni siempre, lo que so- 
licitaba; el Padre Enrich, muy dado a sus tareas, 
no gustaba distraerse de ellas para suministrar ar- 
gumento de ligeras composiciones al importuno 
huésped de la casa. Una vez, sin embargo prome- 
tió, con aire de misterio, un relato curioso, y des- 
pués de hacer esperar días y días la hora propi- 
cia para su narración, contó por fin que al sur 
de Chile había existido entre las tribus araucanas. 



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L A U X A R 


una, rara entre todas, como fenómeno antropo- 
lógico, por el color de sus ojos claros: la tribu 
de los boroas. Durante la época de la conquista, 
cierto gobernador español de La Imperial tenía 
prisionero en la plaza a uno de estos indios de 
ojos claros. La ciudad fue inesperadamente ata- 
cada una noche, al favor de las sombras, por los 
araucanos, que al retirarse raptaron a la esposa 
del gobernador. Al día siguiente el boroa prisio- 
nero, el indio de los ojos claros, se ofreció al go- 
bernador para rescatar su esposa si se le dejaba 
libre. La proposición era extraña y hasta sospe- 
chosa: muy difícilmente podría el boroa arrancar 
la prisionera a los indios de una tribu distinta; 
pero en cambio la libertad de un indio era cosa 
de ninguna importancia entre los españoles: el 
ofrecimiento del boroa fue pues aceptado. Salió 
al campo el indio de los ojos claros y al cabo de 
algún tiempo regresó a La Imperial con la gober- 
nadora. Había cumplido su promesa. Zorrilla de 
San Martín no compuso con estas aventuras una 
de sus leyendas acostumbradas. El indio noble de 
los ojos claros, capaz de atarse con la palabra al 
servicio de sus enemigos, se le entró tan adentro 
por el alma, que acabó por fundirse, con el tiem- 
po’, en una sola personalidad con el poeta; y ni 
aun éste, cuando lo buscó mucho más tarde, supo 



Juan Zorbilla de San Martin 


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distinguirlo de sí mismo. Zorrilla de San Martín 
no hizo con este asunto una de sus leyendas, por- 
que sintió el argumento con una vida más honda, 
más intensa, más suya, que la habitual en sus 
composiciones de ese género: escribió, en verso, 
un drama. Ya el indio de los ojos claros había 
ganado mucho terreno en su espíritu: quiso que 
fuera, como él mismo, oriental. Al sacarlo de su 
tribu, convirtió la rareza de sus ojos en misterio 
de concepción y de vida. Tabaré — • tal fue su 
nombre — tuvo ojos azules, porque nació de una 
española cautiva y de un cacique guaraní: vivió, 
en la barbarie de los indios, con el alma ator- 
mentada de un cristiano. El drama fue aclamado 
en el Círculo de los colaboradores de La Estrella 
DE Chile; un cómico español célebre entonces, 
Leopoldo Burón, lo pidió a Zorrilla de San Mar- 
tín para la escena, y el poeta, a pesar de sus ju- 
veniles ansias de gloria, se negó a entregarlo. No 
estaba satisfecho de su ohra; aquel indio metido 
en su corazón, lo dominaba y exigía, sin preci- 
sarla, vagamente, otra cosa, mucho más que la 
escena de un teatro, algo todavía indefinido, pero 
inmenso, tan amplio quizá como una patria, tal vez 
tan hondo y obscuro como una raza y su destino. 

Es curioso que Chile, falto de grandes figuras 
literarias, haya sin embargo suscitado por circuns- 



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tandas accidentales la inspiración de los dos más 
grandes poetas del romanticismo y del modernis- 
mo en la América Española: a Juan Zorrilla de 
San Martín le descubrió la reciente poesía bec- 
queriana y le dio la primera visión del indio raro 
que había de ser el protagonista de Tabaré; diez 
años más tarde inició a Rubén Darío en el refi- 
namiento elegante de la escritura “artista” que 
habría de culminar con Prosas Profanas. Puede 
todavía agregarse a esto que en Chile concibió 
y escribió Sarmiento su Facundo, 

Zorrilla de San Martín volvió al Uruguay con 
título de abogado, en enero de 1878. En seguida 
fue nombrado juez en el Departamento de Mon" 
tevideo, contrajo matrimonio con Da. Elvira 
Blanco, nieta del constituyente D. Juan Benito 
Blanco, la novia dejada al partir y amada en la 
ausencia de cuatro años, y fundó para librar en 
su patria “las batallas de Dios”, un diario cató- 
lico, El Bien Público. Gobernaba el país en ese 
tiempo el coronel Lorenzo Latorre, casado con 
Da. Valentina González, tía de Zorrilla de San 
Martín, pero de sus mismos años y unida a él, 
con afecto de hermana. Zorrilla de San Martín, 
a pesar de este parentesco, atacó violentamente en 
su diario la situación política. Desde entonces 



Juan Zorrilla pe San Martin 


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basta la presidencia del general Máximo Tajes 
(1886), formó parte de la oposición. 

En 1879 había quedado Zorrilla de San Martín 
consagrado poeta con La Leyenda Patria y empezó 
a trabajar en Tabaré. Cuando meditaba sobre lo 
que podría ser su obra futura, encontró en su alma> 
lejana y escondida, la sombra fantástica de un indio 
que lo miraba con una claridad misteriosa en sus 
ojos azules: era Tabaré, el indio que se había refu- 
giado años antes en su pecho y que desde allí, en 
el olvido del poeta, había visto con sus ojos y 
sentido con su corazón, las bellezas y la vida de 
su patria. Zorrilla de San Martín se propuso es- 
cribir una epopeya; la comenzó a fines del año 
1879, durante el verano, viviendo con su esposa 
y su primera hija en una quinta sobre el Paso 
de las Duranas. Inició su trabajo con la invoca- 
ción famosa: 

Vosotros los que amáis los imposibles 

Los que vivís la vida de la idea . . . 

En agosto de 1886 había concluido la obra; 
pero todavía trabajaba en ella, corrigiéndola, en 
1887. Fue impresa en París, lujosísimamente edi- 
tada por Antonio Barreiro y Ramos, y entregada 
al público en 1888. 



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Entre tanto, en agosto de 1879, había publica* 
do un folleto, ¡Jesuítas!, en defensa de la causa 
religiosa, y obtenido en la Universidad, al año 
siguiente, la cátedra de literatura, que ganó por 
concurso, del que se retiraron todos sus opositores. 

Durante el gobierno del general Máximo San- 
tos (1882-1886) recrudeció en la prensa la ac- 
tuación de Zorrilla de San Martin, que en 1885, 
perseguido por conspirador, tuvo que refugiarse 
en la Legación Brasilera. En vano pidió el Mi- 
nistro del BrasiL Sr. Ponte íRibeiirq, garantías 
para que su asilado pasara a Buenos Aires en un 
vapor de la carrera; el Gobierno las negó y fue 
necesario que el Ministro acompañase personal- 
mente a Zorrilla de San Martin hasta un buque 
de guerra de su nación, el Imperial Marinheiro, 
y que éste, exclusivamente para sacarlo de Mon- 
tevideo, hiciera el 1“ de noviembre un viaje a 
Buenos Aires, Ni con todo esto pudo reputarse 
segura la situación del fugitivo. Se temió, con 
algún fundamento, que el Gobierno del Brasil, 
a requerimiento del nuestro, hubiera transmitido 
a Buenos Aires órdenes para que el capitán del 
buque, señor Víctor de Lamare, impidiera allí 
su desembarco y lo recondujese a Montevideo. 



Juan Zorrilla de San Martin 


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Para frustrar ese intento se decidió que Zorrilla 
de San Martín se trasbordase a una ballenera pes- 
cadora antes de que el buque tocara en costas ar- 
gentinas; asi, cualesquiera que fuesen las dispo- 
siciones tomadas, dejaba de estar bajo la depen- 
dencia de las autoridades brasileras y quedaba por 
tanto en libertad. 

Esa campaña periodística de Zorrilla de San 
Martín dio lugar a su destitución de la cátedra 
universitaria (Decreto de noviembre 3 de 1885). 

Zorrilla de San Martín fue entonces revolu" 
oionario por primera y única vez en su vida: 
desempeñó con el Dr. Aureliano Rodríguez La- 
rreta la secretaría del comité que preparaba un 
levantamiento contra el poder de Santos. 

La revolución fue vencida en los campos de El 
Quebracho por el general Máximo Tajes (marzo 
31 de 1886). Un mes después era elegido Presi- 
dente D. Francisco A. Vidal, quien al poco tiempo 
renunciaba ese cargo (mayo 4) y era sustituido 
en el mismo por el Vicepresidente Máximo San- 
tos. Algunos meses más tarde un atentado contra 
la vida de Santos, aun frustrado, porque aquél 
sólo fue herido en la cara, consiguió lo que la 
revolución, con sacrificios enormes, no había po- 
dido: Santos, asustado, cambió inmediatamente 
de política, y por fin renunció la Presidencia 



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L A U X A R 


(noviembre 18), que fue ocupada por Máximo 
Tajes. 

Zorrilla de San Martín seguía aun viviendo en 
Buenos Aires. En enero de 1887, entre los prepa* 
rativos de regreso, lo sorprendió en El Tigre la 
muerte de su esposa; quedaba viudo con cinco 
hijos de muy corta edad, y casi al mismo tiempo 
perdió también a su padre. 

Cuando Santos abandonó el país después de su 
renuncia, volvió a él Zorrilla de San Martín. Tu- 
vo lugar por entonces la época próspera de Emi- 
lio Reus: todo el mundo se entregaba a las gran- 
des especulaciones financieras: Zorrilla de San 
Martín puso en ellas y especialmente en El Cré- 
dito Real Uruguayo, su fortuna. Como tantos 
otros se hizo en un momento rico, y como los 
más, se quedó por fin, años después, sin lo que 
había ganado en ese tiempo, y sin buena parte de 
lo que antes poseía como herencia paterna. 

En 1887 ingresó como diputado a la Represen- 
tación Nacional. El Uruguay no había tenido 
nunca unas Cámaras mejor formadas ni más 
independientes que las elegidas entonces. Santos 
en los últimos días de su gobierno (noviembre 4) , 
tal vez con la última esperanza de conservarse en 



Juan Zorrilla de San Martin 


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la Presidencia, había puesto el poder en manos 
de sus propios contrarios, nombrando para el Mi* 
nisterio de la Conciliación a los doctores D. Jo- 
sé Pedro Ramírez, D. Aurcliano Rodríguez La- 
rreta y D. Juan Carlos Blanco. De nada le sirvió 
esa medida: a las dos semanas el general Máximo 
Tajes lo reemplazaba en la Presidencia y dejaba 
a sus Ministros el manejo y la orientación de la 
política. En aquel momento se operaba un cam- 
bio radical en nuestra República: con el despo- 
tismo de Latorre y Santos, el gobierno, dirigido 
por militares, había adquirido el carácter de un 
personalismo presidencial abusivo y deprimente; 
el Ministerio de Tajes y las Cámaras constituidas 
entonces bajo su influencia iban a encauzar núes* 
tra vida política en las normas de un civismo or- 
denado y verdadero. Esta fue la gran obra soña- 
da y emprendida en aquel momento; eUa contó a 
Zorrilla de San Martín entre sus adeptos más en- 
tusiastas. Fue precisamente Zorrilla de San Mar- 
tín quien sostuvo, contra las contemplaciones le- 
galistas de algunos diputados, formuladas por D. 
Francisco Bauzá y D. Pedro Carve, la necesidad 
de impedir que Santos entrase en nuestro terri" 
torio y reestableciera en él su dominación anti- 
gua; y fue también Zorrilla de San Martín quien 
prestigió con los mayores bríos la candidatura ci- 



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L A U X A R 


vil y patricia del Dr. Julio Herrera y Obes a la 
Presidencia. Era éste entonces la más alta espe- 
ranza, la promesa más firme de nuestra demo- 
cracia y nuestro porvenir. Cuando Herrera v Obes, 
preparando su candidatura, invitó a Zorrilla de 
San Martín, entonces ausente de Montevideo, a 
una reimión de sus amigos, recibió de éste en con- 
testación una carta en la que declaraba que su 
concurrencia no era necesaria porque en la cues" 
tión presidencial no había para él un problema 
que resolver, desde que ya estaba decidido a vo- 
tarlo, solo o acompañado, el próximo de marzo. 

Al terminar su mandato legislativo en 1890, no 
consintió en ser reelecto, y el año siguiente fue 
nombrado Ministro Plenipotenciario ante Esp^a 
y Portugal, con misión de representar al país en 
las fiestas que España preparaba para solemnizar 
el cuarto centenario del descubrimiento de Amé- 
rica. El 25 de mayo de 1889 había contraído ^se- 
gundas nupcias con Da. Concepción Blanco, her- 
mana de su primera esposa. Acompañado por ella 
y sus hijos, se embarcó para Europa, y residió 
hasta 1894 en Madrid. 

Durante el año 1892 pronunció varios discur- 
sos: uno sobre el descubrimiento y la conquista 
del Río de la Plata en el Ateneo de Madrid 



JUAA ZOI.RILLA DE SaN MARTIN 


25 


(enero 25) , que le valió su título de académico de 
la Historia; otro, frente al monaserio de la Rá- 
bida, el 12 de octubre, aniversario del descubri- 
miento, sobre lo que el orador llamaba El Men- 
saje de América, es decir su gratitud y obligación 
a España; en los días subsiguientes de ese mis- 
mo octubre habló, contestando un discurso del 
señor Cánovas del Castillo, sobre derecho inter- 
nacional, en la primera sesión del Congreso Ju- 
rídico Ibero-Americano, y presentó al Congreso 
Literario una memoria sobre la conservación de 
la lengua castellana en América. Zorrilla de San 
Martín era ya perfectamente conocido entre nos- 
otros como orador elocuentísimo; sin embargo 
hasta entonces no se había revelado en la ple- 
nitud de sus facultades oratorias. Gracias a éstas 
nuestro país, el más pequeño de América y de 
los menos conocidos en Europa, figuró con su 
representante, en la conmemoración del cente- 
nario, al frente de las demás repúblicas ame- 
ricanas. Alguien ha dicho que Zorrilla de San 
Mai*tín descubrió en esa ocasión a España la 
existencia de nuestra República. 

No es de extrañar que, ya conocido y aprecia- 
do en ocasiones como las precedentes, se le bus- 
cara más tarde para que hablase en la fiesta cele- 



26 


L A U X A R 


lirada en favor del Dispensacio Alfonso XIII. Pu- 
do en ella decir que la tribuna que ocupaba, an- 
te la más culta sociedad española, en el Teatro 
Real de Madrid, consagraba reputaciones en el 
mundo del arte: la de su oratoria estaba hecha. 

En el tiempo que sus escasas tareas diplomáticas 
le dejaban libre, salió a recorrer algunos lugares 
de España, Italia, Suiza y Francia. De todas partes 
envió por carta a su esposa, que había quedado en 
Madrid, su impresión de los hombres y las cosas. 
A fines de 1893 reunió en un volumen, quitándo- 
les cuanto había en eUas de intimidad y corri- 
giéndolas — sin duda mucho, contra lo que él 
dice, — para la publicación, sus cartas de viaje, 
que fueron después impresas en París, con el tí- 
tulo Resonancias del Camino (1896). 

Cuando las legaciones de Francia y España se 
refundieron en una, ZorriUa de San Martín, en- 
cargado de eUa, se estableció en París, donde es- 
tuvo radicado hasta octubre de 1898. Al presentar 
sus credenciales al Ministro M. Casimir Perier, 
cumplidas las formalidades protocolares, pronun- 
ció un discurso inesperado en elogio de Francia, 
que fue cordialmente contestado y le conquistó 
grandes simpatías personales. 



Juan Zorrilla de San Martin 


27 


En septiembre de 1896 vino a Montevideo con 
licencia de seis meses y al cabo de ellos volvió 
a su puesto con la misión especial de intervenir 
ante la Santa Sede para que se erigiera un Arzo- 
bispado en Montevideo y se crearan los Obispados 
sufragáneos de Salto y Meló. Asistió en Roma el 
19 de abril, como consecuencia de sus gestiones, 
a la toma del palio del nuevo Arzobispo, Monse- 
ñor Mariano Soler; fue obsequio suyo la mitra 
blanca que éste usó entonces por primera vez. 

El 25 de agosto de 1897, el Presidente Juan 
Idiarte Borda fue muerto en pleno día, entre las 
tropas y el gentío que esperaban su salida del Te 
Deum, en medio de la calle Sarandí y a pocos pasos 
de la calle Cámaras. Este suceso cambió de im- 
proviso la situación de ZorrUla de San Martín. 
Recibió del Gobierno Francés y el Cuerpo Diplo- 
mático las usuales manifestaciones de condolen- 
cia y protesta por el atentado y las transmitió, 
con las suyas propias, a nuestro Gobierno. Juan 
Lindolfo Cuestas, el Vicepresidente en ejercicio, 
no pudo tolerar que un ministro oriental de* 
plorase precisamente el hecho que por imprevis- 
tas circunstancias mejoraba su destino personal. 
Zorrilla de San Martín, a pesar de su ausencia del 
país, de su alejamiento de la política y de las 



28 


L A U X A R 


transformaciones operadas en ésta durante siete 
años, era todavía para el nuevo gobernante el mis- 
mo que en 1890 había votado al Dr. Julio Herrera 
y Obes, a quien ahora perseguía duramente el ofi- 
cialismo. Sobraba en esto motivo a Juan Lindolfo 
Cuestas para separar de su cargo a Zorrilla de 
San Martín, y sin detenerse en consideraciones 
obligadas, hizo contestar sus condolencias con un 
simple aviso de cese en las funciones de ministro; 
ni siquiera se tomó el trabajo de formular en de- 
creto esa medida arbitraria. 

Llegado Zorrilla de San Martin a Montevideo, 
se le confió interinamente, en la Universidad, la 
cátedra de Derecho Internacional Público, y se 
puso al frente del diario católico que había fun- 
dado, El Bien. No atacó en la prensa al Gobierno 
que tan malamente lo había tratado; fue al con- 
trario, en la esfera de acción muy limitada del ca- 
tolicismo en nuestro país, el defensor más constan- 
te del principio de autoridad y, por tanto, de la si- 
tuación política. Poco a poco perdió Cuestas su po- 
pularidad y su influencia; jamás, el apoyo que le 
prestó Zorrilla de San Martín. Hubo un momento 
en que éste pudo llamarse, con verdad e ironía, 
“el último cuestista”. Su adhesión, sin embargo, 
nunca tuvo por objeto al hombre atrabiliario y 



Juan Zortjlla de San Martin 


29 


sin rectitud que detentaba la Presidencia, sino a 
la institución social, al poder público, al orden 
establecido. Juzgaron mal su actitud los que en 
ella censuraron, en vez de una política de princi- 
pios, una posición personal. Desde la época de Ta- 
jes, a raíz de El Quebracho, Zorrilla de San Mar- 
tín ha creído qpie, salvo casos de extrema grave- 
dad, valen más los malos gobiernos que las me- 
jores revoluciones, y que, en consecuencia, un 
deber cívico impone a todos el respeto de la paz 
y del orden, sin perjuicio de la independencia y 
de la acción verdaderamente útil para refrenar los 
despropósitos de los gobernantes y garantir a los 
ciudadanos sus derechos. 

Esta convicción debía ocasionarle muy pronto, 
entre los mismos católicos, nuevos inconvenientes. 
Durante la primera Presidencia del Sr. José Batlle 
y Ordóñez, Zorrilla de San Martín, firme en sus 
ideas y criticando las intemperancias de la cam- 
paña gubernativa anticatólica, continuó su propa- 
ganda conservadora. Los miembros dirigentes de 
la Unión Católica, entonces afiliados en mayoría o 
en su totalidad al partido Blanco, resolvieron que 
la dirección de El Bien pasara a manos de tres 
personas, y de esta manera hicieron que Zorrilla 
de San Martín se viese reducido a renunciar toda 



30 


L A U X A R 


intervención en el diario que había fundado y sos- 
tenido con celo infatigable en épocas difíciles. 

Al mismo tiempo que la Unión Cívica proce- 
día de esta manera contra Zorrilla de San Martín 
por su respeto a un gobierno liberal, las autorida- 
des universitarias, inspiradas en un sectarismo irre- 
ligioso, disponían que se llamase a concurso para 
proveer la cátedra de Derecho Internacional Pú- 
blico regenteada desde hacía ocho años por aquél. 
Esta medida contrastó abiertamente con la reso- 
lución de esos mismos días que adjudicó en pro- 
piedad varias cátedras a otros profesores interinos 
de la Facultad de Derecho. Fue inútil que se pi- 
diera una reconsideración y que D. Carlos de Cas- 
tro, gran maestre de la masonería oriental, con- 
curriese enfermo a la sesión del Consejo Univer- 
sitario para votar a Zorrilla de San Martín; por 
segunda vez y definitivamente se resolvió el lla- 
mado a concurso. La Facultad de Matemáticas 
confió entonces a Zorrilla de San Martin la cá- 
tedra sobre Teoría del Arte. 

En octubre de 1903 el Poder Ejecutivo, duran- 
te la primera presidencia del Sr. BatUe y Ordó- 
ñez, lo había nombrado Jefe de la Sección de Emi- 
sión en el Banco de la República; desde entonces 
fue siempre confirmado, cada tres años, en ese 



Juan Zop.iulla dk San Martin 


31 


puesto. Es un empleo que ni le imponía tareas pe- 
sadas ni le quitaba libertad y — como él decía — le 
permitió vivir de la pluma. Solía repetir a sus com- 
pañeros de oficina que siempre estaba a disposi- 
ción del Banco y que, si ocurriera que se le necesi- 
tara, no babía más que llamarlo por teléfono a su 
casa. Una vez iba en tranvía a su quinta de Punta 
Carretas cuando subió al mismo coche una señora 
que, al tomar pasaje, preguntó por la dirección 
del poeta en esa localidad. Sin darse a conocer, 
contestó Zorrilla de San Martín que él la informa- 
ría bien porque iba precisamente al sitio. Supo en 
la conversación que se trataba de una periodista 
chilena que deseaba entrevistarlo. — ¿Con que es 
usted escritora? — le dijo, — ¿vive usted su pluma? 
Aquí se cotiza muy bien mi firma — prosiguió, y 
para demostrarlo sacó de su cartera un billete del 
Banco de cinco pesos y en él exhibió su firma es- 
tampada. De ese modo se dio a conocer a su visi- 
tante. Todos los billetes del Banco lucían efecti- 
vamente la firma del poeta. El tenía a su cargo la 
vigilancia de la emisión y el retiro de las cédulas 
bancarias. 

Había publicado en 1900, a instancias del ar- 
zobispo Monseñor Mariano Soler, un pequeño li- 
bro, Huerto Cerrado, destinado a recolectar fondos 



12 


L A U X A R 


para el Santuario Hortus Conclusus de Palestina. 
En 1905 reunió en libro sus ConfereiNcias t Dis- 
cursos, y bajo el gobierno del Dr, Claudio Wi- 
lliman, en mayo de 1907, se le encargó que es- 
cribiese una memoria sobre Artigas con las ins- 
truccicncs convenientes para que los artistas lla- 
mados a concurso proyectasen el monumento que 
hoy se levanta en la plaza Independencia. Tres 
años más tarde, en 1910, aparecía en dos gruesos 
volúmenes, como resultado de esa comisión. La 
Epopeya de Artigas, que el Estado retribuyó con 
cinco mil pesos (Ley de abril 16 de 1912). En 1917 
se imprimió en Barcelona, corregida y aumentada, 
una segunda edición de ella. 

Con el prólogo de esa edición y otras páginas 
sobre cuestiones históricas publicó el mismo año 
1917 su libro Detalles de Historia Rioplatense, 
al que siguieron El Sermón de la Paz en 1924 y 
El Libro de Ruth en 1928. Ya muerto el autor, 
apareció en 1945 su obra Las Américas con di- 
verso® artículos relativos a la guerra europea de 
1914-1918. En ella se anunciaba como de próxi- 
ma publicación La Profecía de Ezequiel, no im- 
presa todavía actualmente. 

Durante mucho tiempo se dijo que trabajaba 
un largo poema épico sobre Artigas; tal vez tu- 
vo la idea de realizar algún día ese empeño; pero 



Juan Zorrilla de San Martin 


33 


La Epopeya de Artigas debió desvanecer aquella 
primera intención insegura. A quienes lo interro- 
gaban acerca de sus obras en preparación, contes- 
taba entre burlas y veras que estaba entregado por 
entero> a trabajar en las mejores, en sus hijos. 

El 25 de agosto de 1925, al cumplirse los cien 
años de la Declaración de La Florida, el gobierno 
y el pueblo tributaron a Zorrilla de San Martín 
un homenaje público en la plaza Independencia, 
al pie de la estatua de Artigas. De esa manera se 
asociaba una vez más el poeta a la patria y a su 
héroe máximo y en él se reconocía una encar- 
nación viva del alma nacional. 

Cuando entre hijos y nietos eran en su familia 
treinta y tres alguien le celebró el número con el 
recuerdo de los Treinta y Tres Orientales liberta- 
dores de la patria, pero estaba para nacer otro 
nieto que descomponía la cifra augusta, y su in- 
terlocutor lamentó en broma la ocurrencia. Zorri- 
lla de San Martín protestó con su ingénita y ha- 
bitual vivacidad; ¡Cómo! ¿No sabe Vd. — pregun- 
ta — que los Treinta y Tres Orientales fueron 
treinta y cuatro o treinta y cinco o treinta y seis? 
Porque su lista completa fue siempre algo incier- 
ta y sobraron los que pretendieron incluir en ella 
el nombre de algún antecesor propio que debió o 



34 


L A U X A H 


pudo estar entre los libertadores. ¡La familia del 
poeta bien podía, pues, llamarse la de los Trein- 
ta y Tres Orientales, aunque fuese mayor el nú- 
mero de sus personas! Uno de sus hijos, Anto- 
nio, ha publicado un libro de versos, — La Escon- 
dida Senda, — que no es inferior a Notas de un 
Himno. Otro, Juan Carlos, quedó en Espaúa en 
1898 para recibirse de sacerdote e ingresar a la 
Compañía de Jesús. Otro es notable escultor y 
pintor, — José Luis — ; ganó una beca de las que 
el gobierno destina a las carreras artísticas, para 
estudiar en Europa; es autor de las estatuas 
Al Gaucho y a Sarandí, de la Fuente de los At- 
letas, y del mausoleo del arzobispo Mariano So- 
ler, que se halla en la Catedral. 

Fue este mismo hijo quien proyectó la casa, 
de estilo español, que perteneció al poeta sobre la 
ribera del Río de la Plata, en Punta Carretas. Zo- 
rrilla de San Martín había adquirido aUí un te- 
rreno a poco precio, cuando nadie pensaba que 
ese punto, unido a Pocitos por una rambla y a la 
ciudad por el bulevar Artigas, sería uno de los me- 
jores para el veraneo. En él hizo construir prime- 
ro unas pocas piezas con un mirador diminuto en 
lo alto, que daba apenas estrecha cabida a una 
mesa, una silla y una persona. Era casi un proble- 
ma abrir y cerrar su puerta y su ventana por fal- 



JUAiv Zorrilla de San Martin 


35 


ta de espacio. Entre sus cuatro paredes apreta- 
das, fué sin embargo escrita, y rehecha para la 
segunda edición. La Epopeya de Artigas. De lo 
que sobraba del suelo adquirido hizo Zorrilla de 
San Martín un huerto poco más grande que un 
pañuelo. Lo cultivaba él mismo, él mismo lo des- 
brozaba y carpía la tierra para conservarse en el 
vigor de una buena salud robusta. Hacía dia- 
riamente ese ejercicio con la misma ropa que usa- 
ba en las calles de Montevideo; sólo se cam- 
biaba el sombrero, porque el suyo, de copa al- 
ta, no hubiera soportado en la cabeza las agita- 
ciones del trabajo. Después creció el terreno con 
unas parcelas adyacentes: una la pagó al muni- 
cipio en ejemplares de sus libros. Se transformó 
la humilde casita en casa original y pintoresca 
bajo la inteligente dirección del hijo artista. De 
ella trata con afecto y alegría en las prime- 
ras páginas de El Sermón de la Paz, donde cuen- 
ta como fue hecha de cosas viejas. Hoy tiene 
a la entrada la puerta de calle que fue de la vie- 
ja casa colonial de la familia, levantada por el 
abuelo del poeta. Empotrado en sus paredes luce 
un escudo con esta leyenda en su exergo: “Velar 
SE debe a la vida de tal suerte que viva quede 
EN LA muerte”. Es el escudo que perteneció a 
la mansión solariega de la familia en el valle de 



36 


La u X a r 


Soba y que el Gobierno de España obsequió al 
poeta. La calle que pasa al costado de la casa se 
llama Tabaré; el Municipio quiso denominarla 
Juan Zorrilla de San Martín; pero éste solicitó 
que se le pusiera, en vez de su nombre personal, 
el de su obra y fue complacido. 

Con setenta y cinco años cumplidos se conser- 
vaba Zorrilla de San Martín sano y vigoroso, en 
la plenitud de sus fuerzas intelectuales. No quería 
ser viejo, y no lo era; afirmaba que vivía siempre 
como si la vida apenas comenzara para él. De es- 
tatura baja, pero bien proporcionado, andaba a 
pasos que eran grandes para sus piernas, levan- 
tando y bajando con movimientos precipitados el 
bastón. Tenía siempre la cabeza algo inclinada ha- 
cia adelante; su mirada, a causa de esta posición, 
pasaba junto a las órbitas ciliares como por entre 
un matorral de cejas. La cabeza era chica y re- 
donda y estaba erizada de pelo rebelde y grisá- 
ceo. La frente irregular y un tanto estrecha, los 
pómulos muy altos, la nariz y el mentón estaban 
casi en un mismo plano: la cara, vista de perfil, 
parecía chata. Sus ojos eran obscuros, de un co<- 
lor entre verde y gris; los humedecía constante- 
mente una lágrima y a pesar de que su mirada 
era inquieta y vivísima, tenían un aire de bondad 
y dulzura. La nariz, de líneas muy marcadas, se 



Juan Zorrilla de San Martin 


37 


apartaba apenas del rostro y movía con sorpren- 
dente agilidad sus alas muy abiertas hacia los la- 
dos. Casi todos sus hijos han heredado estos ras- 
gos fisionómicos : el cráneo redondo, la frente an- 
gosta, la forma de la nariz y de los pómulos. 

Zorrilla de San Martín conversaba con toda su 
fisonomía, con las manos, con los brazos, con la 
cabeza, nasta con el tronco, que avanza y se re- 
tira o se inclina y se yergue, con la expresión del 
pensamiento. Hablaba siempre y mientras hablaba 
se movía constante y rápidamente. Tenía una voz 
fuerte y cálida, rica de vibraciones. Tenía una es- 
tupenda facilidad de entusiasmo y de palabra; era 
orador patético de primer orden. Durante veinte 
o treinta años fueron parte obligada en cualquier 
fiesta pública, estuvieran ellos o no en el progra- 
ma, sus discursos o la recitación de su Leyenda 
Patria. 

En las charlas de las reuniones particulares 
atraía y encantaba con su espontánea locuaci- 
dad. Avasallaba a las multitudes compactas cuan- 
do se dirigía al público electrizado con su elo- 
cuencia efusiva y centellante. Al iniciar tm dis- 
curso, la sola actitud de recogimiento y medita- 
ción que asumía, con la barbilla sobre el pecho, 
bastaba para dominar a las muchedumbres. A rau- 
dales, sin vacilaciones, brotaban de su boca en 



38 


L A U X A B 


seguida las palabras, en amplias frases altisonan- 
tes, con arrebatado ímpetu, como las aguas de un 
torrente caudaloso. Como si lo poseyera un rap- 
to de iluminado, nada lo detenía en su perora- 
ción espléndida. Animaba cuanto decía con imá- 
genes que lanzaba al espacio' y se'ñalaba con el 
gesto como si las estuviera contemplando fuera 
de sí. Era todo él movimientos. En el colmo del 
entusiasmo se remesaba el cabello, cebaba atrás 
la cabeza, henchía el pecho, levantaba los bra- 
zos al cielo con las manos ahiertas o los extendía 
en cruz. Nadie, sino él, hubiera osado ese ade- 
mán que en otro menos seguro habría parecido 
ridículo y en él era, al contrario, subyugante. Lo 
interrumpían con frecuencia las ovaciones que es- 
tallaban con Víctores repentinos y largos aplau- 
sos. Ni el más ligero rastro de estudio se descu- 
bría en su aire de improvisación ocasional. No 
discutía ideas; despertaba y encendía sentimien- 
tos de amor y admiración. Le gustaban mucho las 
anécdotas y los cuentos; los conocía a millares y 
loís hacía a maravilla. 

Murió Zorrilla de San Martín el 3 de noviem- 
bre de 1931. Se le tributaron fimerales imponen- 
tes. Su cuerpo fue velado en la plaza Independen- 
cia al pie de la estatua de Artigas. De la casa 
en que había vivido en la calle Rincón casi es- 



Juan Zorbilla de San Martin 


39 


quina Treinta y Tres, se le llevó allí acompañado 
por enorme séquito. Esperaba su paso en el atrio 
de la Catedral, el arzobispo de Montevideo, mon- 
señor Aragone, revestido con solemne atavío reli- 
gioso, que rezó un responso desde lo más alto 
de las gradas a la entrada de la iglesia. Al día 
siguiente de la muerte dispuso por ley el Parla- 
mento que se rindieran al poeta los máximos ho- 
nores fúnebres, se guardaran sus restos en el Pan- 
teón Nacional y se le erigiera una estatua. 

La casa del poeta en Punta Carretas ba sido ad- 
quirida por el Estado y transformada en Museo 
Juan Zorrilla de San Martín. En ese mismo lugar 
un parque lleva también su nombre y está ro- 
deado por calles que se llaman Blanca, Caracé y 
D. Gonzalo de Orgaz, como los personajes de Ta- 
BABÉ. Otras dos calles de las inmediaciones se lla- 
man Tabaré y La Leyenda Patria. 



II 


Con natural satisfacción se anuncia en el prólo- 
go de Notas de un Himno que antes de aparecer 
esta primera obra de Juan Zorrilla de San Martín 
(1877) ya han sidoi solicitados casi todos sus ejem- 
plares. Cincuenta afios transcurrieron desde en- 
tonces, sin que autorizara el poeta la reimpresión 
de aquellos versos de su juventud, hasta que se 
incluyeron en la edición de las Obras Completas 
en 1930. Es fraudulenta y clandestina la edición 
que se da como hecha en Italia con el título Pri- 
meras Poesías. Bien pudo el autor de Tabaré y de 
La Epopeya de Articas desdeñar esa producción 
de su inexperiencia apresurada y confiada. Están 
muy lejos de la maestría que logró más tarde, con 
la madurez espiritual, esos vacilantes ensayos de 
una inspiración más resuelta que segura. A pesar 
de esto, ellos interesan a la crítica para el mejor co- 
nocimiento del escritor. Más que realizaciones aca- 
badas, hay que buscar en ellos tanteos promisores, 
atisbos iniciales, anticipadas orientaciones. 

Notas de un Himno ostenta como epígrafe la 
primera estrofa de las Rimas de Bécquer. El pa- 



Juan Zorrilla de San Martin 


41 


rentesco de los dos poetas no necesitaba, para re- 
velarse, este recuerdo del uno para el otro. Como 
Bécquer, su modelo. Zorrilla de San Martín canta 
en versos que, en vez de estar hechos con pala- 
bras, quisieran ser lágrimas y suspiros, voces del 
corazón y de tristeza, lo que sale del alma o llega a 
ella, de sentido claro y desnudo, sin que la razón 
trabaje para interpretarlo: una poesía de soledad y 
de silencio, misteriosa y vaga, para “las almas tris- 
tes y las almas solas”, como declara su autor: 

Hijas del mundo misterioso y vago 
son estas notas. 

comprenderlas puedan 

las almas tristes y las almas solas. 

(Notas de un Himno) 

La inspiración, el arranque poético, no brota ni 
de las cosas exteriores ni de las ideas; nace en la 
intimidad más bonda, y llama desde ella, a su re- 
tiro penumbroso, la atención del poeta. No sale al 
mundo, no busca sus bellezas, no corre tras la vida. 
Le basta el recinto de un alma y, en ella, el calor 
suave de las emociones sin gesto (La Inspiración) . 

La realidad sólo entra a esta poesía como recuer- 
do o como aspiración y, de las dos maneras, por los 



42 


L A U X A B 


caminos del alma. £1 poeta, replegado en sí mismo, 
la percibe apenas en las sombras quiméricas que 
proyecta a su imaginación y en la resonancia que 
deja en su espíritu. Ni la mira, ni la ve; la siente 
por una concordancia de naturalezas, cuando se 
llega a él con aspectos espirituales o cuando se 
transforma en su mente en cosa de ensueño (Im- 
posible). 

La poesía de Zorrilla de San Martín es en efecto 
pura y totalmente espiritual. Sólo el alma y sus 
huellas le interesan. Por eso se hunde en el mis- 
terio y lo imposible, indiferente al colorido y la 
belleza plástica, si no encuentra en lo material un 
remedo o vestigio de su propia esencia en la dulce 
penumbra del crepúsculo, en la candidez de las 
mañanas, en la delicadeza sonriente de las flores, 
en la resignación dolorosa de las hojas marchitas. 

No es de sorprender que un temperamento jo- 
ven e impresionable fuera así ganado por la ín- 
tima y secreta influencia en Gustavo Adolfo 
Bécquer. Este hahía desnudado la poesía de sus 
ropajes complicados y aparatosos; apenas si le 
dejaba im cendal flotante y vago de palabras aéreas 
sobre el misterio de la emoción confesada. Era 
en España el descubrimiento de la poesía más tier- 
na del romanticismo. Zorrilla de San Martín no co- 



Juan Zorrilla de San Martin 


43 


ció a Bécquer: aprendió en sus versos sencillos el 
modo que más convenía a la sensibilidad lánguida 
y triste de la última generación romántica. Llegó 
hasta sentir insuficiente la ideal pureza de las Ri- 
mas, y le reprochó a su autor que el adoloramien- 
to muelle que cantan proviniera de una aspiración 
insatisfecha de goces sensuales (Bécquer) : Zorrilla 
de San Martín exigía una espiritualidad más eleva- 
da y ensordecía a las voces y los ecos de la tierra 
para arrobarse mejor en El Himno del Cielo. Algo 
en éste le revela, sin embargo, que no es ajeno a los 
hombres y a su mundo; porque sus estrofas, hu- 
medecidas en lágrimas y estremecidas en quejas, 
piden compasión y consuelo. Tiene el don inge- 
nuo del llanto y el culto romántico del dolor. 

No espera ni desea que en el mundo cesen, con 
el dolor y con el mal, todas las lágrimas; tampoco 
cree que en la muerte un reposo definitivo haga 
imposible el remedio de los padecimientos hu- 
manos; confía, como buen católico, en las repa- 
raciones de ultratumba, y piensa que el grito del 
sufrimiento injusto se anegará como una nota 
en las armonías sublimes de la justicia y la mi- 
sericordia de Dios. Siente el horror cristiano de 
nuestra vida terrenal dichosa; le repugna el con- 
tento entre las miserias y las culpas de sus se- 
mejantes, y venera el dolor; bendice el sufrimien- 



44 


L A U X A R 


to que purifica al alma de sus contaminaciones 
y la prepara a los deliquios divinos. El dolor, que 
El Himno del Cielo es una nota, es toda la 
grandeza y poesía del mundo; canta en el aura 
del ocaso, en el susurro del ave y de la hoja, en el 
silencio del bosque y de la noche; es la canción de 
toda la naturaleza y no la oyen los hombres (El 
Dolor). 

Hay en la poesía de Zorrilla de San Martín 
una tristeza que no es amarga, porque no brota 
de un mal irreparable, sino serena y delicada, 
porque descansa en la seguridad de una dicha 
infinita y es anhelo de ella. ¿Qué importan las 
espinas del camino al corazón esforzado que las 
ofrece en testimonio de afección y espera que 
al final de la jornada se conviertan en rosas? 
Esa tristeza sin desolación tiene la dignidad de 
un sentimiento religioso. Ella preserva al alma 
de los halagos vulgares, y la mece, por encima del 
mundo y de los hombres, desligada de intereses 
mezquinos, en una contemplación extática. Es la 
tristeza del que se siente aislado en un vacío, sin 
sufrir el dolor de una pérdida, del que Ueva en 
sí im tesoro de ternura inempleada, del que des- 
bordante de cariño filial, ni aun guarda el recuer- 
do vivo de la madre muerta en sus primeros años. 

Clama el poeta por la madre que no ha cono- 



Juan Zorrilla de San Martin 


45 


cido, con efusión sentimental y blanda, como si 
lo envolviera en halagos de consuelo el mismo 
sentimiento de su orfandad que no ha sufrido 
el desgarramiento desesperante de la separación 
y sabe adormecerse en la dulzura plácida del 
sue'ño, (¡Madre mía! y No era un sueño). 

Exaltación religiosa del espíritu hacia la inma- 
terial pureza del ensueño, y honda pero suave 
tristeza del alma insatisfecha en su condición 
terrena, y consolada, ya con la esperanza de una 
felicidad divina, ya con la sola excelsitud de sus 
aspiraciones y su esencia : he aquí los dos ele- 
mentos de esta poesía Zorrilla de San Martín, 
que debe a Bécquer su forma desnuda y algo o 
mucho de sus tendencias sentimentales, pero no 
todo, porque en las Notas de un Himno alcanza 
un grado más alto de elevación en la espirituali- 
dad, sin perder nada en su interés humano. 

Zorrilla de San Martín ha encontrado para las 
efusiones íntimas una expresión trasparente y 
vaga que se disuelve y desaparece en el instante 
mismo en que nos transmite la emoción o el pen- 
samiento. Es una forma sencilla, tal vez trivial» 
e insuficiente para la idea que intenta represen- 
tar, pero nada a lo menos pesa en ella como un 
recargo, ni la desvía del propósito del poeta con 
un adorno. Generalmente es directa; a veces sin 



46 


L A U X A R 


embargo se desenvuelve con la vida propia y libre 
del símbolo. Las imágenes en esta poesía merecen 
una consideración especial. Por un efecto de opo- 
siciones y concordancias entre su significado y su 
materialidad, Zorrilla de San Martín logra como 
una transmutación de la materia a las substancia 
del espíritu. Así dice de una visión que se pre- 
senta al genio. 

Hollando el éter, sin mover sus átomos. 
Resbalando en la sombra sin herirla . . . 

(Bellini) 

o mezclando las cosas de la naturaleza y del alma, 
funde en un solo sentimiento indefinible el cie- 
lo, la luz, el lago, el bosque y la ilusión: 

Y al beso de una noche de misterios, 
el lago, el bosque y la canción despiertan 

(La Luna) 

¡Luz! ¡Cuánta luz! El corazón del bosque 
arde empapado y sumergido en ella . . . 

(El Basqué) 

Junto a las composiciones de índole becqueria- 
na, hay en Notas de un Himno otras, probable- 
mente más antiguas, de arrebato oratorio y carác- 
ter social. En ellas el poeta, en vez de replegarse 
en recogimiento silencioso, se entrega al tumulto 



Juan Zorrilla de San Martin 


47 


de los hombres como campeón de Dios y de la 
patria. Son varias las poesías religiosas que acre- 
ditan una fe arraigada y activa. Zorrilla de San 
Martín jamás ha vacUado en este punto, jamás 
ha sufrido la inquietud de una duda; su profe- 
sión de fe católica, el ¡Credo ! . . ., canta la sumisión 
de los mundos, que en el milagro se inclinan, que- 
brantando las leyes, a la divina voluntad, y los 
efectos entrañablemente humanos del cristianis- 
mo, la hermandad del dolor y la sonrisa, del 
martirio y de la gloria. La religión cristiana con la 
aceptación incondicional de cuanto supone el ca- 
tolicismo, pero sobre todo con el espíritu de bon- 
dad sencilla y de impenetrable misterio de su 
parte evangélica y humana, llena todos los actos 
públicos y la poesía entera de Zorrilla de San 
Martín. Su religiosidad parece, en efecto más sen- 
tida y misteriosa «pie razonada; proviene toda del 
Evangelio y de la tradición familiar y debe muy 
poco o nada a la teología. En el folleto ¡Jesuítas! 
dice: “Fui católico ferviente por tendencia gene- 
rosa, por recuerdo dulcísimo y por profunda con- 
vicción”. Ha discutido contra sus impugnadores, 
la religión que profesa, ha razonado sobre ella 
inteligentemente; pero no es una verdad de la 
inteligecnia lo que en él sirve de base a la acep- 
tación del cristianismo: es el sentido íntimo de su 
vida espiritual. 



48 


L A U X A B 


“Todos ésos han creído: — escribe refiriéndose 
a los que en Lourdes han dejado el testimonio 
de algún milagro, — todos han amado algo evi- 
dentemente digno de amor: lo ideal, lo alto, la 
esperanza. 

“¿Cómo puede existir un hombre iluminado por 
el sol que consagre su vida a arrancar, a los que 
la poseen, la esperanza? ¿De quién puede haber 
recibido esa triste misión? ¿es del cielo o del in- 
fierno? 

“¿Qué daño puede hacer a ese hombre la fe de 
los demás? 

“Es ésa ima pregunta que me he hecho muchas 
veces. 

“Hoy, al hacérmela una vez más, junto a la 
gruta de Lourdes, miraba yo a la Virgen extática 
e inmóvil, que junto a su rosal silvestre, difundía 
en su torno la fe que hace milagros. Las miradas 
de los desgraciados la envolvían como en una red 
de hebras de luz, y el aire que la circimdada pa- 
recía santo, porque estaba lleno de dolor resignado. 

“En Lourdes, al lado de la Virgen, el dolor es 
feliz. 

“Yo no presencié otro milagro; no los necesito 
tampoco, gracias a Dios; pero ése solo me basta 
para poder afirmar que anda algo divino en torno 
de la gruta de Massabielle”. 

(Resonancias del Camino) 



Juan Zorrilla de San Martin 


49 


Zorrilla de San Martín ha definido perfecta- 
mente» de acuerdo con las enseñanzas de la teo- 
logía, es cierto, pero sin que parezca en sus pala- 
bras más que una expansión del espíritu, el secre- 
to de su fe: 

“¿Recordáis señores, la frase aquella del Maes- 
tro, en el Evangelio de San Mareos: “Ayuda mi 
incredulidad”? Era un padre desgraciado, como 
lo recordaréis, que había traído ante el Salvador 
que pasaba, su hijo poseído por un espíritu mudo; 
el pobre padre le pedía su amparo. Jesús le dijo: 
“Si puedes creer, todas las cosas son posibles para 
el que cree”. Y el padre le contestó llorando: “Yo 
creo. Señor; ayuda Tú mi incredulidad^’. 

“¡Ayuda Tú, mi incredulidad! 


“Pero ¿es realmente un mérito personal, se- 
ñores, digno del tributo que me ofrecéis, el ha- 
ber recibido de Dios ese don inapreciable de la 
fe, que constituye nuestro tesoro, nuestra gloria, 
nuestra dicha? 

“Os he citado antes una frase inmensa del 
Evangelio. Otro recuerdo de la misma índole 
baja, no sé de dónde, en este momento, y se posa 
en mi memoria: es el del ciego de Jericó. ¿Lo 
recordáis. ¿Estaba sentado cerca del camino pi- 



50 


L A U X A R 


diendo limosna; oyó tropel de gente que pasaba, 
y preguntó que qué era aquello. Cuando le dije- 
ron que era Jesús Nazareno que pasaba, el hom- 
bre ciego comenzó a gritar: “Jesús, hijo de Da- 
vid, ten misericordia de mí. . Y a pesar de los 
que querían hacerlo callar, seguía gritando el 
desgraciado con más fuerza: “¡Hijo de David! 
¡Hijo de David!” 

“¿Recordáis entonces a Jesús, señores? ¡Qué 
hermoso! ¡Qué grande! ¡Qué bueno! ¡Oh, el 
Hombre Dios! Se detuvo, — “¿Qué quieres que te 
haga?” — dijo al hombre sin luz. Y éste le res- 
pondió: — “Señor, que vea”. 

— “Ve. . . Tu fe te ha hecho salvo”. 

“Y el ciego vio, — dice el Evangelio, — y seguía 
a Jesús, glorificando a Dios. 

“¡Qué hondo es todo esto, señores! ¿No sentís, 
como yo, que esas palabras divinas pasan como 
un escalofrío al ras de vuestra carne? 

“¡Que vea! ¡Que vea! Eso es la fe, señores, eso 
es la fe: anhelo humilde y sincero de luz en el 
hombre: luz de Dios, palabra de Jesús de Nazaret, 
que abre nuestros ojos. 

“Líbreme Dios de afirmar, señores, que no hay 
en el acto de creer un acto de nuestro libre albe- 
drío; sin eso la fe no sería obligatoria y, menos. 



Juan Zorrilla de San Martin 


51 


meritoria. Sí; hay en nosotros, el grito del cie- 
go, la plegaria, el clamor al Hijo de David; pero 
¿qué es, señores el grito del ciego, al lado de 
la palabra de Cristo: “Ve”. 

“La fe, señores, es para el alma, lo que el aire 
para los pulmones: es necesario hacer algún es- 
fuerzo de nuestra parte, es verdad, para respi- 
rarlo. Pero ¿qué es ese esfuerzo si se le compa- 
ra con la presión que hace el aire mismo para 
penetrar en nuestros pulmones y encenderlos de 
vida? 

“La razón humana, señores, el acto libre del que 
anhela ver es el peqpeño movimiento de inspi- 
ración hacia el cielo: pero la fe es el aliento, es 
el espíritu, es el Verbo de Dios que penetra en 
nuestra alma y hace en ella la luz, le trae men- 
sajes misteriosos, evidencias imprevistas que se 
abren en ella como estrellas fijas, claridades bo- 
reales que se levantan en los horizontes y nos 
marcan la eterna ruta del Norte. 

“Y dice el libro sagrado: “Tú niegas al orgullo 
del sabio lo que revelas a la humildad de los pe- 
queños.” 

“Dejadme, pues, señores, colocarme entre los pe- 
queños; dejadme humillar ante Dios y ante voso- 
tros, al sentir vuestros aplausos a mi fe, a fin de 
no exponerme a perder con un acto de orgullo, esa 



52 


L A U X A R 


fe que vosotros festejáis en mí, y que no es sino 
un don gratuito de Dios, un reflejo de su glo- 
ria, un soplo luminoso de su infinita misericor- 
dia sobre el pedazo de barro de mi corazón”. 

(Conferencias y Discursos. A los amigos) 

Esta efusión íntima hacia algo superior que 
responda a las necesidades insatisfechas por falta 
de objeto o de posibilidad en la tierra, es el prin- 
cipio de su religión y el fonda constante de su 
más honda poesía. 

Las composiciones religiosas y patrióticas, por 
lo mismo que se inspiran en cosas exteriores, de 
sentimientos colectivos, son menos personales y 
características del poeta. Ellas conservan huellas 
patentes de los maestros más conocidos. Zorrilla 
de San Martín, que es todo lo contrario de nn 
clásico, se ha apropiado la manera sentenciosa de 
D. Manuel J. Quintana y ha saliido demostrar que 
no deslucían sus expresiones originales ni aun 
junto a las de un modelo preclaro. Con todo, lo 
que más interesa es descubrir, entre los versos de 
escuela y entre las deficiencias ineludibles de 
una producción de ensayo, los primeros aletazos 
del gran ímpetu lírico y patriótico, inseguro to- 
davía, pero ya perceptible, que ha de sublimar 
después al cantor nacional en su apoteosis glo- 



Juan Zosbiixa de San Martin S3 

riosa. ¿No es la voz de La J^etenda Patria la 
que suena, arrebatada y férvida, en la estrofa ini- 
cial de ¡Patria mía!? 

El Poema de las Hojas y El Tiempo contie- 
nen ya mucho, aunque todavía vacilante, del es- 
píritu de Tabaré. La primera de esas poesías can- 
ta en la naturaleza una vida oculta de amor y de 
ilusiones; la segunda realiza con la vieja figura 
de Cronos un emblema de carácter sagrado y mi- 
tológico que opone, a las horas que pasan, la 
eternidad que las espera. En ambas la intención 
transcendente del poeta se adueña de las cosas, 
las penetra con su idealismo y hace de ellas una 
imagen, un símbolo, de lo que sueña o presiente 
el alma entregada a sí misma. Convierten esas 
composiciones lo exterior en expresión subjeti- 
va; son indudablemente becquerianas; pero al 
mismo tiempo algo indefinido en ellas denota la 
presencia de otro poeta que tiene, a pesar de su 
evidente impericia para traducirla, una concep- 
ción más delicada, más secreta, más íntima. Béc- 
quer no habría dicho jamás: 

Al beso de una noche de misterio, 

El lago, el bosque y la ilusión despiertan. 


(La Luna) 



54 


L A U X A B 


Lo más hondo y característico de Tabaré está 
en los versos de No era un sueño y particular- 
mente de Buscándola. 

En El Angel de los Charrúas el poeta ha crea- 
do, para representar a la raza exterminada que 
había de cantar en su “epopeya”, un fantasma con 
formas de india, intangible y transparente, hecho 
de “luz con vida”, del que dice que es 
Un espíritu sin nombre 
Formado por la unión íntima 
De las furias del salvaje 
Y de la calma divina. 

En este ser condensa, toda la raza charrúa, y 
como obsesionado por la idea incomprensible de 
su destino» que fue desaparecer del mundo cuan- 
do llegaba el momento en que podría mejorarse, 
a cada paso la llama 

El último ¡ay! inocente 
De una raza que murió. 

Termina la composición con una estrofa que 
no tiene el movimiento brusco de quien desecha 
de su cabeza una idea para librarse de ella, sino 
el pausado del que baja el mentón hasta el pecho, 
sumido en una meditación amarga; 

¡Cayó una raza inocente! 

¡Sin dar un paso hacia atrás. 



Juan Zobrilla de San Mabtin 


55 


Dobló la bronceada frente! 

¡Cayó una raza inocente 
Para no alzarse jamás! 

La concentrada atención del poeta so'bre el trá- 
gico destino de la raza charrúa, su interior ais- 
lamiento de huérfano y su nostalgia de enamo- 
rado ausente, el vago idealismo de su espiritual 
exaltación son los elementos, ahora dispersos, va- 
cilantes, confusos, de una poesía que se ensaya y 
no acaba de precisarse y definirse en Notas de 
UN Himno. Aparte, en el drama inédito hecho 
con el relato del P. Enrich, figura el indio de 
ojos claros y alma capaz de verdad y sacrificio. 
Todo eso está en esbozo; de ello saldrá más ade- 
lante la gran obra de Zorrilla de San Martín. El 
drama dará la acción de Tabaré; de Notas de 
UN Himno, saldrá algo o mucho del espíritu y del 
fondo misterioso que animan y envuelven la “epo- 
peya”. 



III 


La Leyenda Patria no es, contra lo que pro- 
mete su nombre, la narración épica de nuestra 
historia nacional De ésta sólo tiene rápidas enun- 
ciaciones que desaparecen disipadas en el vivo 
arrebato del poeta. La composición es toda líri- 
ca, de ese lirismo colectivo y patriótico propio de 
todo un pueblo, como nacido de sus tradiciones 
y de sus glorias. En ella el asunto y los senti- 
mientos fundamentales son, no por cierto extra- 
ños al poeta, pero independientes de su personali- 
dad. Da el primero la historia tal como la imagina- 
ción popular concibe el pasado a través del tiempo. 
Brotan los segundos naturalmente de los hechos 
mismos acondicionados a esa idealización instin- 
tiva de la memoria. Ni en el asunto ni en los sen- 
timientos fundamentales de La Leyenda Patria 
deben pues buscarse las manifestaciones o los in- 
dicios de una originalidad personal. 

El poeta recorre, o más bien abarca en una mi- 
rada, nuestra historia, y no cuenta lo que ve, no 
describe, no enumera: canta, se desborda en pa- 



Juan Zobbilla de San Martin 


57 


labras de abatimiento, de esperanza, de triunfo, de 
paz, de trabajo, a medida que su espíritu visio- 
nario se detiene en las épocas de opresión de 
guerra, de victoria, de libertad y soñada o entre- 
vista democracia. La pasión es tal, ante el desarro- 
llo tumultuoso de lors acontecimientos, que le per- 
mite apenas una alusión relampagueante a ellos, 
y a veces nada más que la pronunciación de un 
nombre. Por eso nuestro patriarcal historiador Isi- 
doro De-María juzgó necesario aclarar con notas 
ilustrativas las imprecisas referencias del canto y 
en ellas consignó sucintamente los grandes mo- 
mentos nacionales que el poeta evoca en su rapto 
lírico. 

El mismo Zorrilla de San Martín ha confesado 
que aun no conocía bien nuestra historia cuando 
la cantaba en La Leyenda Patria. Su instrucción, 
como realizada en el colegio de Santa Fe, era ar- 
gentina» y él sólo sabía por tradición de familia lo 
que estimó esencial y más importante para su 
trabajo. “Yo mismo — escribiría más tarde — con 
toda mi generación de la segunda mitad del pasa- 
do siglo abrimos el alma al sentimiento patrio en 
aquel período que llamaremos de los Treinta y 
Tres e Ituzaingó. Artigas se oía como se sienten, 
entre dos ráfagas de viento, las voces que éste 



58 


L A U X A R 


apaga.”* Su padre, Juan Manuel Zorrilla, había 
servido a las órdenes de Manuel Lavalleja, herma- 
no del jefe de los Treinta y Tres Orientales y uno 
de éstos. Era pues ineludible que un precedente 
de esta categoría y la opinión dominante en el es- 
píritu público de la época impusieran al poeta la 
interpretación oficial, que aún prevalece entre 
nosotros, sobre el propósito de la Cruzada Liber- 
tadora de 1825. Adviértase que el monumento a 
la Independencia Nacional, si bien se inauguraba 
el 18 de mayo, aniversario de la batalla de Las 
Piedras ganada por Artigas contra los españoles, 
celebraba en cambio principalmente la Declara- 
ción del 25 de Agosto de 1825, hecha por la Asam- 
blea de La Florida. Zorrilla de San Martín, como 
entonces y aun ahora todos o casi todos, ve en 
los Treinta y Tres Orientales un pensamiento vi- 
vo de libertad nacional soberana, y hace por lo 
tanto de ellos el motivo central, el corazón de La 
Leyenda Patria.** 


♦ La Epopeya de Abtigas, Artigas muerto, IV. 

** Acerra de lo que fue y lo que significa la Etecla- 
ración de Independencia hecha por la Asamblea de La 
Florida vale la pena conocer a lo menos las siguientes 
publicaciones: 1° La fecha de la Independencia Nacional 
por Vicente T. Caputi, San José, sin año; 2° Por la Verdad 
Histórica del mismo, San José, 1923; 3° Investigando el 
Pasado del mismo, Montevideo, 1923; 4" Articulos del dia- 



Juan Zoreilla de San Mabtin 


59 


De la gesta heroica de Artigas contra la domi- 
nación de España y Portugal mencionada breve- 
mente al principio de su canto con tono luctuo- 
so, pasa el poeta en seguida a la empresa de los 
Treinta y Tres, que llena en raudales y torren- 
tes de elocuencia el amplísimo desarrollo de la 
composición. En Artigas señala el propósito ini- 
cial de nuestra libertad frustrado por la derrota. 
En los Treinta y Tres glorifica el esfuerzo victorio- 
so que hace de un pueblo subyugado por la con- 
quista extranjera un pueblo libre y soberano. 

Ya había ensayado en ¡Patria mía! de Notas de 
UN Himno su inspiración patriótica con estro arre- 
batado. Ya tenía formado el gusto romántico de 
las imágenes vagas y flotantes. Ya estaba hecho a 
la exaltación, al entusiasmo ardiente» al fervor des- 
bordante del idealismo. La ocasión solemne que se 
le deparaba con el monumento erigido a la Inde- 
pendencia Nacional no podía menos que encen- 
der en su pecho el ímpetu extremo que hinche 
y sublima toda la La Leyenda Patria. Sabía que 
el pueblo congregado en La Florida para rendir 

rio La Mañana de los dias 1% 2, 5 y 4 de octubre de 1935, 
por el mismo; 5° Lección de Historia de los años 1824-1828, 
a los Blancos y Colorados, al Ejército y a la Instrucción 
Pública, de Pedro Riva-Znchelli, y 6° La Fecha de la Inde- 
pendencia de la República Oriental del Uruguay por el 
mismo, Montevideo, 1931. 



60 


L A U X A B 


culto a la patria iba a escucharlo. La magnificen- 
cia del asunto y del momento lo dominaba y lo 
concitaba al mismo tiempo. Trabajaba su espíritu 
la más alta ambición del poeta: cantar dignamen- 
te a la patria, igualar con la gloria del canto la 
gloria del heroísmo. ¿No decja Homero que los 
grandes hechos se raelizan para que los poetas los 
canten? 

Acudieron a su memoria los más nobles y egre- 
gios cantores, en lengua española, de la patria, la 
guerra y la victoria, Manuel José Quintana, Juan 
Nicasio Gallego y José Joaquín Olmedo entre los 
muertos, y Gaspar Núñez de Arce entre los vivos. 
Ellos le sirvieron de ejemplo, pero no de modelo; 
de ellos recibió el incentivo necesario para su obra. 
Los tuvo muy presentes, pero no los copió ni los 
imitó siquiera. Supo ser, con el tema común a to- 
dos ellos, nuevo y personalísimo en la concepción 
y en el estilo. 

Hay sin duda en La Leyenda Patria unos pocos 
recuerdos precisos de la poesía anterior; algunos 
ecos de ésta resuenan confundidos en aquélla, pe- 
ro no rompen la armonía del conjunto ni amen- 
guan el mérito de la composición como notas dis- 
cordantes que se destacan; más bien al contrario, 
identificados con la obra de Zorrilla de San Mar- 
tín, hacen patente en ésta nna grandeza que no 



Juan Zorrilla de San Martin 


61 


desmerece de la más alta poesía conocida. José Joa- 
quín Olmedo habría tenido a hcmra que uno de 
sus versos repercutiera en 

... el fragor de las solemnes horas 
que escucharon la voz de la batlla. 

Gaspar Núñez de Arce no hubiese podido que- 
jarse de que se repitiese con sus palabras la com- 
paración que él había recogido, para sus versos, de 
un proverbio antiquísimo. Manuel José Quintana 
y Juan Nicasio Gallego, sorprendidos ante el tu- 
multo de una imaginación no menos potente que 
la propia y mucho más libre, hubieran podido 
aprender cuanto gana el pensamiento, a cambio 
de la perfección equilibrada, en el arranque del 
entusiasmo sin freno. Andrés Bello habría querido 
mostrar como nuestro poeta que 

en el riel de la idea, electrizado, 
muere el espacio y vibra el pensamiento. 

Colma, en efecto, y desborda los cuatrocientos 
versos actuales de La Leyenda Patria una inspi- 
ración impetuosa y concentrada, sin desmayos, de 
súbitos y febriles transportes, que se eleva por 
momentos a la sublimidad y se desenvuelve en 
amplios períodos oratorios o se condensa en ner- 
viosísimas sentencias con igual maestría. 

El canto en su forma definitiva- tal como fue 



62 


L A U X A R 


corregido y como hoy circula, se abre con una pro- 
mesa de gloria : 

¡Es la voz de la Patria!. . . ¡Pide gloria! 

Yo obedezco a esa voz . . . 

La nerviosidad frenética rompe y corta el verso 
en locuciones breves, de sentido y repercusión in- 
abarcables. No compone el poeta una personifica- 
ción visible y tangible de la patria: misteriosa- 
mente la oye, como subyugado, sin verla. ¡Qué le- 
jos estamos de aquel artificio gastado y frío que 
intentaba animar con formas físicas a las entida- 
des morales! La voz de la patria snena para el 
alma del poeta en el silencio religioso de la ex- 
pectación anhelante. Pide gloria: el poeta, po- 
seído, transportado, obedece a la patria que lo lla- 
ma, que lo elige y así lo consagra y lo hace snyo. 

De los recuerdos removidos en la memoria del 
poeta, brota primero una visión desolada y som- 
bría de estrago y de muerte. Lloran quejumbrosos, 
bajo el cierzo, los sauces del Uruguay, que antes 
vibraron con las auras de los campos de victoria 
en “Las Piedras” y el “Cerrito”. La cindadela “del 
que fue Montevideo” espera desnuda, inerme, trá- 
gica, en su noche afrentosa. 

¡Todo mudo en redor. . . Campos ciudades. . . ! 

Es el cuadro horroroso de la derrota y la ruina 
que sucedió a las guerras de Artigas contra el es- 



Juan Zorrilla de San Martin 


63 


pañol y el portugués. Sobre él pesa una majestad 
dolorosa que enaltece con valor de cosa espiritual 
los restos y las cenizas de la grandeza abatida y 
del esfuerzo agotado. 

¡El patrio corazón ya no palpita! 

El poeta, que ha entonado ima lamentación an- 
gustiosa al desastre y la destrucción de las prime- 
ras esperanzas nacionales, estalla en imprecacio- 
nes de ira contra el oprobio del yugo extranjero 
aceptado y sufrido. Su pecho no sabe gemir con 
miedo; en su boca la queja indignada se convier- 
te en apóstrofe, se hace protesta y creec en inci- 
tación de guerra. Nunca la palabra del hombre 
fue más intensa, más viril, más concentrada que en 
estos versos de Juan Zorrilla de San Martín: 

¡Y un pueblo alienta allí! ... ¡Y en esa noche 
vive en esclavitud un pueblo!. . . ¡Y vive! 

¿Y es la patria de Artigas la que vierte 

lágrimas de despecho, 

teniendo aun sangre que verter? 

¡Oh, no; no puede ser! ¡Pueblo despierta! 
¡Arranca el porvenir, de tu pasado! 

Grande y buen romántico, gusta Zorrilla de San 
Martín de los contrastes violentos y rápidos, que 
dan relieve y hacen más impresionantes las ideas 



6‘i L A U X A R 

y las imágenes. De la noche tenebrosa en que ya- 
ce la memoria de Artigas, pasa el cantor repenti- 
na, instantáneamente a una aurora espléndida que 
enciende en luz y claridad radiosa al cielo y a la 
tierra y despierta ecos de vida en el río y en la 
selva. La diana del día que amanece anuncia a 
la Cruzada Libertadora de los Treinta y Tres 
Orientales. No estaba muerta el alma de la pa- 
tria: ella palpita, heroica y denodada, al unísono, 
con treinta y tres latidos, que van a propagarse a 
todo su cuerpo y van a levantarlo con la voz de 
Dios que cabalga sobre los hombros de la tor- 
menta. El poeta, enardecido, con el pensamiento 
de los Treinta y Tres Orientales, clama en frase 
que define la esencia misma del patriotismo por el 
encadenamiento de las generaciones sucesivas y la 
unión fraternal de los hombres nacidos en la mis- 
ma tierra: 

¡Ellos tus hijos son, son nuestros padres, 
patria de mis hermanos, patria mía! 

Es la guerra de nuevo, pero esta vez la guerra 
victoriosa. Ya suena avasallador y triunfante 
¡El himno con que mueren los tiranos! 

La Declaración de la Independencia en La Fio- 
Florida y las batallas de Sarandí e Ituzaingó son 
tres relámpagos de gloria en los versos fulminantes 
y fragorosos. Tras ellos, “en la tarde tranquila del 



Juan Zorrilla de San Martin 


65 


presente” Zorrilla de San Martín vaticina un por- 
venir de paz y de prosperidad fraternal. 

Héroes y proezas, victorias y desastres, cuanto 
llega de la tradición histórica a La Leyenda Pa- 
tria es en ésta sólo motivo épico de apasionado 
lirismo oratorio. Es una elocuencia que se desen- 
vuelve sin desmayos, desde el primero hasta los 
últimos versos, con el empuje y la violencia for- 
midahles del mar tempestuoso. El lamento que llo- 
ra la dominación extranjera se transforma de pron- 
to en grito de guerra, que pide, como la enseña de 
los Treinta y Tres, o libertad o muerte. Con la gue- 
rra de la liberación, estalla el himno triunfal que 
sigue con alas de victoria, en vuelo vertiginoso, el 
choque de las armas sobre el suelo patrio recon- 
quistado al enemigo. Esa apoteosis, como las bra- 
vias olas de la tormenta que se remansan y aquie- 
tan sobre ancha playa abierta, acaba en salmo de 
paz con augurios de ventura para el porvenir pro- 
metido a las más grandes esperanzas. 

Nada en el motivo y los sentimientos de la com- 
posición era privativo o particular del poeta. No 
hay en toda la América española un rincón donde 
la independencia de la patria no haya podido pro- 
ducir un canto igual y sin embargo nadie, sino 
Zorrilla de San Martín, lo ha realizado, porque só- 
lo en él estaba el germen que, arraigado en ese 



66 


L A U X A R 


terreno de todos, era capaz de crear esa obra de 
vida y belleza. José Joaquín Olmedo había cantado 
sobre el Pacífico la libertad de su patria america- 
na con el empaque y el artificio del clasicismo al- 
go venido a menos y gastado; Zorrilla de San Mar- 
tn ha cantado la de nuestra patria oriental, junto 
al Atlántico, con el empuje sin norma de la ima- 
ginación romántica. Son las dos voces más altas de 
la poesía patriótica en América. En el canto de Ol- 
medo revive con esfuerzo un gusto ya casi ago- 
tado; en Zorrilla de San Martín, más próximo a 
nosotros en el tiempo, alienta, no sin vacilaciones 
e insuficiencias todavía, una alma nueva. 

Lo singulariza una inclinación marcada a lo que 
es indefinido, fluctuante u oscuro. Así, cuando per- 
sonifica a la patria, según se ha dicho antes, no 
la plasma con figura corpórea y visual: la oye y 
le habla, pero no la ve. El pasado luctuoso de la 
esclavitud y la derrota se le comvierte en “sepul- 
cros abiertos” de los que salen sombras visionarias 
y es noche de “amargas horas” que vaga en la 
margen de un río. Identifica, al contrario, la cru- 
zada heroica de los Treinta y Tres que libertarán 



Juan Zorrilla de San Martin 


67 


de la opresión extranjera el suelo patrio, primero 
con el alba, en seguida con la aurora y finalmen- 
te con el pleno día que 

destrenza su abrasada cabellera 
y salpica de luz el horizonte. 

Imagina en los sauces “llorosos” arpas “mudas” 
o “dormidas” en el tiempo del oprobio, que des- 
piertan, cuando por fin estalla la guerra liberado- 
ra, 

por impalpable mano arrebatadas 
para entonar en la selva 

los no aprendidos salmos inmortales. 

Representa el abatimiento de la patria en “lirios 
pálidos y yeitos” que brotan “entre las 'grietas de 
las tumbas”> al frío (o al calor) del suspiro de la 
muerte”. Son imágenes y expresiones característi- 
cas de su manera ambigua entre lo material y lo es- 
piritual “la faz de los sepulcros”, “la noche del ol- 
vido”, “el sueño de las tardes”, “el secreto de la 
niebla”, “la libre aurora del eterno día”. 

Adopta el poeta en La Leyenda Patria una for- 
ma libre y varia en la extensión de las estrofas, 
en la cadencia de los versos de once y siete sí- 
labas y en la distribución de las rimas, y así pro- 
duce una armonía de tono majestuoso y enérgico 
o vago y blando, que responde naturalmente a la 
índole del asunto y a la emoción que lo embarga, 



68 


L A U X A R 


y es al mismo tiempo del pensamiento y de la 
palabra. 

Contiene la composición muchos versos dignos, 
como los ya citados, de los mayares poetas. Sn me- 
dida, fija en el número del verso, parece que se 
acorta o se alarga con la agitación o la serenidad. 
El se quiebra y divide cuando la pasión conmue- 
ve con brío intenso el ánimo: 

¡Y un pueblo alienta allí! ¡Y en esa noche 
vive en esclavitud un pueblo!. . . ¡y vive! 

Otras veces la satisfacción de la esperanza lo- 
grada, la seguridad tranquila se explaya en la fra- 
se con una amplitud que dilata y ensancha el mo- 
vimiento del ritmo y abre la rima en una reso- 
nancia que la prolonga. Así, cuando ante el cua- 
dro del levantamiento nacional contra el extran- 
jero dominador de la patria, muestra como a éste 
lo acecharan los espectros pavorosos 
y poblaron sus horas agitadas 
las visiones de muerte atropelladas. 

No es La Leyenda Patria una composición para 
lecturas silenciosas y análisis críticos muy atentos. 
Examinada detenidamente, punto por punto, es fá- 
cil descubrir en su estructura deficiencias de con- 
cepción y en su estilo excesos de retórica. Ella fue 
hecha para recitada a cielo abierto a multitudes 



Juan Zorrilla de San Martin 


69 


compactas. Sólo sabe todo lo que ella vale quien la 
haya oído en boca del poeta, que era estupenda 
orador, de voz potentísima y rica en los tonos de 
todas las emociones, y de actitudes y ademanes los 
más imponentes y espontáneos 

Solía repetir Zorrilla de San Martín que La Le- 
yenda Patria, más que una obra literaria, es un 
hecho histórico. Aludía de este modo a sus imper- 
fecciones y a su transcendencia. Durante unos 
treinta años ella fue, en las ceremonias públicas 
y en las escuelas, una excitación continua y per- 
manente del sentimiento patria, pero ahora está 
casi del todo olvidada. Ya no tiene la patria en 
nuestro pueblo olvidadizo el culto de amor y ve- 
neración que se le rendía hace medio siglo, cuando 
en vez de una democracia provechosa y aprove- 
chada, ella era una madre que imponía y recibía 
sacrificios de acción cívica, de sangre y de vida. 
Hasta el nombre de “orientales” han perdida casi 
todos sus hijos- que hoy se llaman “uruguayos”, 
con denominación que no conocieron nunca las 
próceres de nuestros tiempos heroicos.* Hasta los 

• ' ‘‘Jefe de los Orientales”, y no de los “uruguayos” 
fue llamado Artigas. “Orientales”, y no “uruguayos” llama 
a los naturales de nuestra tierra el Himno Nacional. ¿Será 
inútil recordar que, según el Dr. Luis Caviglia, quien pri- 
mero llamó “uruguaya” a nuestra República fue un militar 
extranjero de baja graduación y mulato? 



70 


L A U X A B 


colores de la bandera nacional se ven ahora cam- 
biados, lo mismo en las casas particulares que en 
las oficinas públicas. El delicado azul-celeste de 
las cuatro franjas aparece sustituido por un azul 
oscuro, más económico, según se dice, porque re- 
siste mejor la acción de la intemperie. 



IV 


Es Tabaré, apesar de La Epopeya de Artigas, 
la obra maestra de Juan Zorrilla de San Martín. 
En ella ha trabajado unos ocho años, — desde fines 
de 1879 hasta 1887, — ■ y aun más, si se quiere 
tomar en cuenta la gestación obscura que precede 
por fuerza a la labor puramente literaria en el 
desarrollo de un gran poema. Ya en Chile, por el 
año 1877, estaba Zorrilla de San Martín en pose- 
sión de los elementos principales que formaron 
ese libro. Sabemos que allí compuso bajo la in- 
fluencia de un relato histórico hecho por el P. 
Enrich, con el mismo argumento de Tabaré y hasta 
con su propio nombre, un drama en verso. Tene- 
mos además en Notas de un Himno, publicadas 
entonces, tres puntos capitales del futuro poema: 
un hondo sentimiento de orfandad alimentado con 
el recuerdo vago de la madre muerta, la preocu- 
pación obsesionante del destino charrúa y un idea- 
lismo que penetra la naturaleza y en ella descubre 
una vida misteriosa de realidades superiores. 

Después del triunfo clamoroso obtenido jcoln 
La Leyenda Patria, decidió Zorrilla de San Mar- 



72 


L A U X A R 


tín realizar una gran obra nacional. Quería res- 
ponder así, dignamente, a la acogida ovacionante 
que se le había tributado. Debió detener y fijar 
muy pronto su atención en la raza charrúa, que 
era tenida por natural del Uruguay, que había 
luchado valerosamente sin rendirse nunca, sin so- 
meterse o mezclarse a los europeos y que había 
sido bárbaramente exterminada. ¿No era ella acaso 
la más genuina encarnación del país? ¿no había 
en su destino trágico toda la grandeza heroica 
de la epopeya? Recuérdese la última estrofa de 
El Angel de los Charrúas: 

¡Cayó una raza inocente! 

¡Sin dar un paso hacia atrás. 

Dobló la bronceada frente! 

¡Cayó una raza inocente 
Para no alzarse jamás! 

¿Raza inocente? A Zorrilla de San Martín, 
providencialista, católico, lo inquietaba el miste- 
rio de esos pobres indios que vivieron siglos en 
el territorio inmenso de América, privados, por su 
aislamiento, de la fe cristiana, y que, apenas lle- 
gada a ellos la predicación de la verdad religiosa 
con la conquista española, desaparecieron acaba- 
dos por la guerra y por la persecución despiadada. 
¿No eran, como sus opresores, hijos de Dios re- 
dimidos por la sangre del Gólgota? ¿Qué había 



Jl'an Zorrilla de San Martin 


73 


sido para ellos Jesús en el mundo? De esta ma- 
nera, un problema teológico penetraba y conmovía 
la existencia del indio y enaltecía su destino hasta 
hacer de él un designio inescrutable de Dios. Dis- 
ponía ya el poeta de cuanto necesitaba como 
esencial para infundir a su trabajo alientos épicos: 
la raza charrúa, extinguiéndose en la defensa de 
su libertad sobre el suelo patrio, pondría en juego 
la voluntad de Dios, el más denodado heroísmo 
humano y la belleza de la tierra oriental. Sobre 
ese fondo enorme de grandeza y de misterio, 
compuso una delicada historia de amor y dolor 
inventada con lo más noble de si mismo: con la 
nostalgia de su madre perdida en la infancia y 
con el atónito deslumbramiento de toda su alma 
ante el misterio del amor que despierta la ino- 
cencia de la mujer ideal. 

Tabaré no es un poema improvisado; tiene 
antecedentes remotos y su ejecución ha sido lenta. 
Su autor confiesa que le ha consagrado “muchas 
de sus pocas horas libres” y agrega que durante 
varios años ha tenido en el protagonista un com- 
pañero “inseparable y bueno”. 

Veamos, en sus líneas principales, el argumento, 
para estudiar en seguida la obra. Tabaré, de ojos 
azules, entre indios de ojos negros, es un mestizo, 
hijo del cacique charrúa Caracé y de una espa- 
ñola a quien los primeros castellanos desembar- 



74 


L A U X A B 


cados en tierra oriental dejaron abandonada, en 
una sorpresa de los indios. Magdalena bautiza a 
su hijo Tabaré: le infunde en su niñez, con la ora- 
ción cristiana, un principio de vida espiritual, y 
muere. Transcurre el tiempo; al cabo de muchos 
años los españoles se establecen en un villorrio 
junto al río San Salvador. Una guerra perpetua 
entre los conquistadores y los charrúas va lenta- 
mente acabando con los indios: ya han muerto 
sus mejores caciques y no le queda a la tribu más 
que su agonía. D. Gonzalo de Orgaz manda en 
jefe la plaza: tiene consigo a su esposa Da. Luz 
y a su hermana Blanca, de tez morena y ojos 
negros, “profundos hasta el alma. Tabaré, apresa- 
do por los españoles, entra al villorio; ve a Blanca 
y sin distinguirla bien del recuerdo borroso que de 
su madre conserva, se enamora de ella; resistién- 
dose a sus propios sentimientos, lucha desconcer- 
tado entre el odio de su raza, enemiga de los es- 
pañoles, • y una adoración purísima que mezcla y 
confunde en Blanca sus reminiscencias de hijo. 
Tabaré pasa ante los soldados por loco; no habla, 
huye de todos, vaga por la noche, duerme con los 
ojos abiertos. Una noche lo sorprenden y cierran 
entre ellos los soldados, creyéndolo un fantasma; 
acosado y sin armas, el indio se defiende desespe- 
radamente, a la sombra de unos árboles, contra sus 



Juan Zoebilla de San Martin 


75 


ataques, y está ya para caer, agotadas sus fuerzas, 
cuando un misionero, el Padre Esteban, llega has* 
ta el grupo y detiene a los soldados. Al día si- 
guiente D. Gonzalo, que no quiere violar la amis* 
tad antes jurada con el indio, sospechoso de él por 
sus velas y rondas nocturnas, lo devuelve a su an- 
terior libertad, con prohibición de que se acerque 
al pueblo. Los indios de la tribu, mandados por 
un cacique nuevo, Yamandú, atacan repentina- 
mente, de noche, a la población española. Aquél ha 
querido apoderarse de Blanca, y por eso ha lan- 
zado el malón sobre el villorrio; la ha encontrado, 
y se la Ueva a los bosques, donde espera junto a 
ella que vuelva de su desmayo. Blanca al despertar 
rompe en un grito; ve a su lado al cacique Ya- 
mandú; se contrae, se crispa; oye después a sus 
espaldas ramas que crujen, pasos que avanzan; de 
pronto dos rugidos, el choque de cuerpos desplo- 
mados en tierra, un grito que se ahoga, y por fin 
el silencio. Es Tabaré que oyó a lo lejos el grito de 
Blanca y corrió en su busca: ha estrangulado a Ya- 
mandú; pero ella no lo sabe; no ha mirado hacia 
atrás; no ha visto la lucha, ni sabe su fin; siente 
cerca a alguien que vela: es Tabaré. Tabaré la 
conduce en sus brazos hasta el villorrio. D. Gon- 
zalo, aturdido y fuera de sí con la desaparición de 
Blanca, al ver al indio con ella, corre a él, y te- 
niéndolo por su raptor, lo mata. 



76 


L A U X A H 


Esta es en esqueleto la fábula del poema. Hay 
con ella en el libro de Zorrilla de San Martín, dos 
cosas más: el teatro y el fondo de la acción, la 
naturaleza del Uruguay y la raza charrúa. La na- 
turaleza da al poema su colorido; el destino de 
la raza charrúa lo llena de un misterio trágico, y 
Tabaré derrama en todo él un sentimiento indefi- 
nible de intimidad melancólica y dulce. Todo se 
funde en una armonía perfecta y concurre, a su 
modo, a imprimir en el conjunto tm sello, un ca- 
rácter de rara originalidad con vida propia. 

La acción es lo suficientemente sencilla para 
que, dicho esto, no quede en ella cosa alguna que 
observar. Comienza con la niñez de Tabaré que 
ocupa el Libro Primero, sigue en el Libro Segundo 
con su cautiverio dentro del villorrio, y concluye 
en el Libro Tercero con los cuadros de la vida in- 
dia, el malón y las últimas peripecias del protago- 
nista. Entre el Libro Primero y el Segundo la na- 
rración se interrumpe durante largo tiempo; Ta- 
baré es en aquél un niño a quien su madre lleva 
todavía en brazos y aparece en el otro ya con 
más de veinte años. * 


* Han pasado más frios qne dos veces 
Mis manos y mis pies 

dice Tabaré de sn edad en el Libro II, Canto III, parte IV. 
¿No son cuarenta años? Zorrilla de San Martin asegura sin 
embargo que su protagonista sólo cuenta unos veinte y nadie 



Juan Zobrilla de San Martin 


77 


En el Libro Tercero se produce una interrupción 
de otro orden: nuevamente se corta el relato; pero 
no es el tiempo, sino una extensa descripción de 
algunas costumbres indígenas, lo que suspende la 
narración concerniente al protagonista. Mientras 
éste va, al caer una tarde, desde el pueblo, de don- 
de es arrojado, hasta la sepultura de su madre y 
en ella permanece absorto durante la noche, los 
indios celebran el funeral de un cacique, eligen al 
que debe reemplazarlo, preparan y llevan un ata- 
que a los españoles. El poema vuelve después a la 
fábula central y sus personajes, con el rapto de 
Blanca y la inesperada intervención de Tabaré, que 
la salva. 

Las referencias propiamente históricas en el 
poema son ajenas a su parte primordial. La 
época es imprecisa y apenas menos que indiferen- 
te a su desenvolvimiento. Entre los personajes só- 
lo en la lista de los caciques muertos suena algún 
nombre conocido. Y sin embargo en la obra hay 
una verdad que comprende el detalle y el conjun- 
to en lo que ambos encierran de más hondo y 
firme, verdad humana y poética, extraña a las con- 
tingencias del azar y de las circunstancias. Todo 

puede saberlo mejor que él. Compárese con lo que se dice 
de la edad de Caracé en el Libro I, Canto I, parte IV, y de 
Abayubá en el Libro II, Canto I, parte V, sobre la manera 
de contar el tiempo atribuida a los charrúas. 



78 


L A U X A R 


cuanto el poeta dice del suelo patrio y de la raza 
charrúa es verdadero; todo cuanto imagina es 
idealmente lógico y posible. 

Se han criticado por falsos a Tabaré y sus amor- 
res, y por borrosos e inconsistentes a los demás 
personajes. Se ha dicho que un indio formado en 
la barbarie de su tribu salvaje no seria capaz de 
la elevación y la pureza que Tabaré manifiesta 
en todo y especialmente con Blanca. Es, en efec- 
to, muy probable que no haya existido entre los 
charrúas ningún indio como Tabaré. Carecemos 
absolutamente de una tradición precisa sobre los 
indígenas; no es, por tanto, posible buscar en ella 
los rastros de un personaje como aquél. Tampo- 
co podrían explicarlo, puesto que él es un mesti- 
zo, los datos que se tienen sobre los charrúas. Lo 
que de éstos se conoce está sepultado en algunos 
libros raros, difíciles de encontrar; Zorrilla de 
San Martín asegura que ha recogido para las in- 
venciones de su poema todo cuanto esos libros 
conservan sobre la raza desaparecida* ; pero ha 
tenido que valerse de su sola imaginación y de su 
alma para crear a Tabaré. Basta comparar a éste 

* Es sorprendente que cien años después de muertos 
en París los últimos charrúas, el antropólogo Paul Rivet haya 
podido descubrir en los archivos de Francia referencias 
absolutamente ignoradas y, por su puesto, ajenas a Tabaré, 
sobre algunas particularidades y costumbres de aquella raza, 
(Revista de la sociedad Amigos de la Arqueología, tomo 
IV, Montevideo, 1930). 



Juan Zorrilla de San Martin 


79 


con los («ros indios de la obra para advertir su ra- 
reza en la diferencia radical de sus caracteres. 

El retrato físico de los charrúas y el de Tabaré 
están hechos a hoja seguida en el poema. Después 
de una batida vuelve D. Gonzalo al frente de 
sus arcabuceros, al villorio, con un grupo de indios. 
Tienen todos, al andar, movimientos ágiles de ti- 
gre; marchan con la cabeza baja, doblada sobre 
el pecho, la frente estrecha adornada con un eri- 
zamiento de plumas, el pelo caído en largas cren- 
chas lacias; no miran jamás a cara descubierta, ni 
alzan la voz para hablar; en los ojos negros se les 
enciende de pronto una luz de víbora; su rostro 
impasible, de pómulos abultados, parece triste y 
siniestro, pero no transparenta ningún cambio de 
emoción. (El poeta les atribuye dos rasgos que tal 
no tuvieron: dilatada nariz y labios grandes), 
em ci ‘ De entre la cuadrilla prisionera se des- 
prende un indio que es distinto a los otros: tie- 
ne los ojos claros y el semblante misterioso; algo 
indefinible revela en él otro espíritu, y hay como 
un vértigo en su actitud de sonámbulo: es Tabaré, 
que ha visto por vez primera a Blanca y recuerda 
a su madre muerta. (Libro Segundo, Canto Se- 
gundo, partes IV y V) . 

Las diferencias de orden moral entre el prírtago- 
nista y sus hermanos de tribu son fácilmente dis- 



80 


La u X a r 


cernibles. Su existencia ha sido más o menos la 
misma, pero en Tabaré las costumbres salvajes es- 
conden, hasta a sus propios ojos, sin aniquilarlas, 
una inquietud de ansias y descontentos inexplica- 
bles’ y una impresión indeleble de sus primeros 
áños. 

Tabaré no se pinta el rostro ni tiene el labio 
atravesado con el signo de los guerreros como los 
otros indias; su cráneo y sus ojos denuncian otra 
raza. Es hijo de un cacique sin embargo; es un 
mestizo raro; ha nacido de una española, única es- 
clava de estirpe europea entre los indios de condi- 
ción salvaje. Lo engendró la barbarie en el dolor 
sin esperanza y resignado de una alma solitaria y 
puesta en Dios: tendrá por eso el descontento de 
su propia vida y el ansia de un algo incomprendi- 
do y misterioso. 

De su madre recibe el fecundo y santo riego del 
bautismo, — cosa importantísii)!;(a para el poeta 
católico; — de ella aprende la ternura y la com- 
pasión: 

— ¿Quién lleva, pobre madre, tantas lágrimas 
Hasta el mismo silencio de tus sueños? — 
y por ella conoce la efusión de toda su alma en 
el rezo: 

— La oración que despierta en mis auroras 
Y se duerme conmigo cuando duermo; — 



Juan Zobrilla de San Martin 


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de su boca ha escuchado las más dulces palabras 
maternas cantadas en este mundo (Libro Prime- 
ro, Canto Segundo, parte X). 

La muerte de su madre lo deja solo, a la me- 
lancolía amarga de su íntima extrañeza, a sus 
aspiraciones sin objeto, a su absorción misterio- 
sa. Así vive muchos años, de los que nada se nos 
cuenta. Cuando ve a Blanca y encuentra en la mi- 
rada de sus ojos negros la transparencia de una 
alma hermana de la suya y en su tez el 
color de su madre, repentinamente la ama con 
toda la pasión confusa de su vida entera; por- 
que siente de pronto colmado lo que en su pecho 
quedó vacío, sin que nadie ni nada lo ocupase, con 
su orfandad falta de caricias y llena de recuer- 
dos. Tabaré no se transforma junto a Blanca, no 
cambia de naturaleza; sin ella hubiera sido un in- 
dio triste, inquieto, agobiado bajo el peso in- 
útil de una alma inempleada. Blanca es, para él 
como la realidad en que se funde y materializa 
un recuerdo vago y lejano, el norte que, sin com- 
prenderlo él, imantaba su vida. Esto es lo que no 
supieron ver los que censuran en el enamoramien- 
to del indio una transfiguración instantánea. Toda 
su infancia arrullada con los maternos cánticos 
cristianos, sus días sin cariño, sus noches en des- 
velo prepararon lentamente su amor religioso a 
Blanca. Por eso al verla por primera vez. 



82 


L A U X A R 


La mira absorto, fijo, con el labio 
Inmóvil y entreabierto; 

Parece interrogar algo invisible, 

A sí mismo, a su sombra, a su recuerdo. 

Diríase que alumbra sus pupilas 
El cercano reflejo 

De algo como una aparición radiosa 
Sensible sólo para el indio enfermo. 


Que arde en el alma y llega hasta los ojos 
Y con la otra visión se funde en ellos. 

Y después, siempre al cruzar junto a ella, baja 
los ojos y pasa casi huyendo. 

Es que cierra los ojos, y no obstante. 

Ve la imagen de Blanca entre los velos 
De una aurora confusa, imperceptible. 

Que ilumina el nacer de sus recuerdos. 

¿Es ella la que flota en su pasado? 

¿Es la blanca visión de sus ensueños? 

A una mujer tan blanca como aquélla 
Oyó cantar los cánticos matemos. 

El indio siente confusión ignota; 

Vacila, tiene miedo; 

Busca a la niña y huye al encontrarla; 

Huye de la ilusión y del misterio. 



Juan Zorrilla de San Martin 


83 


Blanca se interesa por él con lástima; lo con- 
templa asombrada; pero no es ima curiosidad, si- 
no la compasión de la desgracia, una atracción 
de misterio, lo que la arrastra hacia el indio. 
Por fin rompe con el encanto de su voz el dis- 
tanciamiento que entre ellos ponía la actitud de 
Tabaré. 

Así pasaba Tabaré aquel día 
Frente a la virgen que, con dulce acento, 

— ¡Vaya el indio con Dios! ¿Por qué así corre? — 
Dijo por fin, — ¿le infundo algún recelo? 

El se detuvo, sin alzar la frente. 

Cual llamado a lo lejos, 

Cual si la voz tardara largo espacio 
En ir desde el oído al pensamiento.* 

La voz de la espoñola 
Descendió al alma del salvaje enfermo, 

Y en ese abismo despertó la vida. 

La queja, el grito de dolor y el tiempo. 

El indio alzó la frente; miró a Blanca 
De im modo fijo, iluminado, intenso . 

Había en su actitud indescifrable. 

Terror, adoración, reproche, ruego. 

* Compárese con la misma idea de Bécqner en La Pro- 
mesa: “ — después de largo espacio y como si las palabras 
hnbiesen tardado todo aquel tiempo en llegar desde sus 
oídos a su inteligencia”. 



84 


L A U X A R 


En las palabras de Tabaré, desordenadas 7 tu- 
multuosas, y por eso, algo confusas, — no lo bas- 
tante claras a lo menos para los que naturalmente 
seducidos por la poesía, ponen poca atención en 
su más íntimo sentido, — está descifrado el enig- 
ma de su amor puro como una adoración religiosa. 
Tabaré encuentra en Blanca al ser que encama 
las aspiraciones inconscientes de toda su vida; más 
aún, ve en ella un recuerdo lejano y flotante y no 
consigue distinguirlo, a pesar suyo, de la realidad 
que tiene en su presencia. Blanca es una imagen 
de su madre, y él se empega vanamente en separar 
la una de la otra. Se resiste al encanto que lo se- 
duce en la niña de la raza enemiga y lo atrae hacia 
ella con la ternura dolorosa que siente por el re- 
cuerdo de su madre muerta. 

La miró un breve espacio, 

Y señaló su rostro con el dedo. 

Cual si del fondo obscuro de su alma 
Envuelto en luz brotara un pensamiento. 

— Era así como tú... blanca y hermosa; 

Era así como tú, 

Miraba con tus ojos, y en tu vida 

Puso su luz. 



Juan Zorrilla de San Martin 


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Hoy vive en tu mirada transparente 
Y en el espacio azul . . . 

Era así como tú la madre mía, 

Blanca y hermosa... ¡pero no eres tú! 


¡Dile al charrúa que esos ajos tuyos 
No son los que en sus sueños ve flotar! 

Dile que no es tu raza 
La que vierte esa tenue claridad 
Que en el alma del indio reproduce 
Aquella luz de su extinguida hogar; 


¿Por qué has de arrebatarme mis recuerdos 
Y vestirte ante mí de su color? 

Tabaré ha sentido claramente que en su alma 
Blanca se funde con los recuerdos de su madre 
esfumados en el tiempo; también ha visto que 
todo adquiere ante ella sentido en su existencia: 
ruidos y formas que lo llamaban en sus soleda- 
des con las alas del jilguero, con las risas de las 
aguas, con las voces del viento, bajo los velos de 
la niebla, todo la anunciaba a su rededor; todo 
infundía en el pecho del indio una necesidad de 
ternura sin esperanza de consuelo ni consciencia 
de deseo. Tabaré no cambia, pues, junto a Blan- 
ca; era antes sin ella lo mismo que es ahora a 



86 


L A U X A R 


SU lado; no ha existido el milagro de una trans- 
formación repentina. 

Pero con Blanca o sin ella ¿es acaso posible 
un indio como Tabaré? La pregunta sólo puede 
admitirse en quienes no han leído o comprendido 
el poema. Tabaré vive en sus páginas: basta abrir- 
las para verlo. “Yo be visto a mi imposible cha- 
rrúa de ojos azules” — dice el poeta. Todos po- 
demos verlo: Tabaré está vivo con la úni ca vida 
que le conviene, con la vida del arte y la poesía, 
más duradera y profunda que la vida efímera de 
los hombres. 

Blanca forma con él, en términos que no admi- 
te comparación de importancia con los otros per- 
sonajes, el grupo central del poema. Blanca no 
tiene la consistencia contraria al ensueño que la 
vida diaria y vulgar presta a las personas. Nada se 
nos cuenta sobre sus ocupaciones y pasatiempos. 
No sabemos como se viste, como se calza, como se 
peina, como se atavía, como llena las horas largas 
de sus días en la soledad primitiva y tosca del 
villorrio español plantado en tierra oriental. No 
podemos imaginarla más que en actitudes afec- 
tivas. Es como una aparición flotante y aérea; es 
un fantasma de ternura, que parece la sombra ape- 
nas de una mujer de Shakespeare. Goethe supo 



Juan Zorrilla de San Martin 87 

crear un tipo femenino admirable por su doble en- 
canto de realidad y poesía: Carlota, Margarita, Do- 
rotea viven en los quehaceres ordinarios de la 
existencia femenina y son al mismo tiempo la re- 
presentación más acabada de cuanto en la muj'er 
contribuye a formar ese ideal impreciso que los 
poetas cantan y los hombres adoran en los libros 
y destruyen en su casa. Shakespeare tendió siem- 
pre a representar a la mujer sólo por su parte 
más honda y alada, o sutil si se quiere; procuró 
únicamente darle el encanto de la poesía y le qui- 
tó para ello mucho de los detalles de la realidad 
material. Blanca está vagamente hecha a la manera 
de Shakespeare. Cuando Zorrilla de San Martín 
la presenta no insiste más que en sus ojos para 
mostrar en ellos la transparencia de su espíritu. 
Sus ojos son negros, “profundos hasta el alma”. 
Ella 

... en la tierra en que una raza expira. 

Es la nota con alas 

Que, mezclada a un acorde moribundo. 

De gritos de dolor hará plegarias. 

El Uruguay, al verla en sus orillas. 
Palpitaba en sus aguas, 

Y temblaba en los juncos, y en la arena 
Dejaba notas, quejas y palabras. 



88 


L A U X A R 


£1 astro que pasea las colinas. 

Con su dulce mirada 
Seguía a la espa'ñola, que en la tarde 
Paseaba tristemente por la playa ; 

Y buscaba sus ojos cuando sola. 

Sentada en la barranca. 

Quedaba confundida en las tinieblas 
Que sus esbeltas líneas esfumaban. 

Parece que este mundo americano 
A aquella niña aguarda 
Porque en sus ojos brillan sus estrellas. 
Porque su viento pueda acariciarla. 

Porque sus flores tengan quien recoja 
La esencia de sus almas, 

Y las corrientes de sus grandes ríos 
Quien oiga j ame sus canciones vagas. 

Conocemos ya el primer movimiento de compa- 
sión que experimenta Blanca por el indio. Ella lo 
busca a pesar de su retraimiento, y lo detiene con 
palabras de confianza y amistad. Cuando, en su 
conversación, como asomada desde el umbral de 
nuestro mundo al misterio de un horizonte desco- 
nocido, descubre en Tabaré, con los recuerdos de 
la infancia, el culto de una madre, maravillada 



Juan Zorrilla de San Martin 


89 


ante esa revelación, pregunta con infantil candidez 
e insospechada profundidad. 

¿Sabes, Luz, que ese salvaje 
Amó a su madre? El mismo me lo ha dicho. 

Enamorada sin saberlo, sale después sola, a des- 
pedir al indio expulsado del villorrio, y se llega 
hasta él con un ramo de margaritas en la falda y 
las huellas de un llanto reciente en el rostro; pero 
lo encuentra demundado, torvo; asustada, se acoge 
al P. Esteban, que acompaña a Tabaré, y pronun- 
cia dos frases iguales a las mejores del mejor poe- 
ta. La sorpresa que su presencia inesperada suscita 
en el misionero, la hace entrar en sus propios sen- 
timientos con su ingenuidad inocente y temerosa 
de culpa: 

— ^Venía a consolar su desventura, 

Y no más. . . ¿Hice mal? No lo pensaba. 

— Pero ¡qué tarde! 

¡Qué tarde es ya!* 

exclama en seguida. No lo había notado hasta en- 
tonces: entregada, sin ninguna atención para las 

* Compárese con la pregunta preciosista de Romeo ena- 
morado de Rosalia y sorprendido por la hora después 
de haber yagado antes del alba por el campo, suspi- 
rando por su desdeñosa amada: “¿Tan joven es el 
dia?” 



90 


L A U X A o 


cosas exteriores a sus pesares íntimos, el tiempo 
había transcurrido insensible para ella, y el cho- 
que de sus naturales impulsos de bondad con la ac- 
titud huraña del indio y con el asombro del P. Es- 
teban, la volvía bruscamente a la realidad del 
mundo y de la hora. 

Todavía otras veces, hacia el final de la obra, se 
transparenta en Blanca por actitudes y frases sha- 
kespearanas, igualmente sencillas y naturales, el 
fondo íntimo de su ser. Yamandú la ha llevado 
consigo al bosque; ella está sobrecogida, aovilla- 
da en el suelo, tiene las rodillas y la cabeza apre- 
tadas con sus brazos; espera del salvaje una afren- 
ta peor que la muerte. De pronto oye a su espal- 
da el ruido de una lucha, pero no vuelve la ca- 
beza, no mira, no se atreve a saber lo que ha pa- 
sado; porque no quiere conocer su suerte. Tabaré 
está a su lado; va a salvarla. Después de un primer 
instante de ofuscación pasajera, Blanca se repone 
y pide al indio que la lleve a sus hermanos, que 
le enseñe a lo menos el camino: 

— Aunque ves que desnudas y con sangre 
Se resisten mis plantas 
A sostener mi cuerpo, no lo creas. 

Aun puedo caminar una jomada. 

Deshecha, sin fuerzas, confía para vencer las 
fatigas insuperables, en la esperanza que la ani- 



Juan Zokbilla de San Martin 


91 


ma de nuevo y la resucita. Tabaré no responde; 
está inmóvil; más que un hombre es un espectro; 
lo oprime el presentimiento de su fin cercano y 
contempla en Blanca el misterio indescifrable de 
su vida. Ella es la “virgen de su ensueño dulce”, 
la que en su alma ha despertado, en lo remoto de 
su infancia, sus recuerdos maternos, y con ellos y 
sus impresiones nuevas ha puesto en su existen- 
cia de salvaje el tormento de un amor puro, entre 
filial y religioso, sin palabra que lo revele y sin 
noción que aun a él mismo se lo explique. Tabaré 
no contesta; Blanca entonces teme, no ya por su 
virginidad como antes, sino sólo por su vida, y co- 
mo Desdémona, que también amó a un hombre de 
otra raza, se dispone a morir rezando; 

— Déjame entonces, Tabaré, que rece 
La oración de la noche; pronto acaba; 

Y moriré en silencio 
Si tengo que morir. . . 

En el grupo de los personajes españoles, ni D. 
Gonzalo de Orgaz, ni Da. Luz> ni los soldados re- 
quieren especiales consideraciones; pertenecen al 
segundo o tercer plano de la o.bra y son apenas 
lo que era necesario para que en Tabaré, en Blan- 
ca y en los charrúas se mostrara lo que el poe- 
ta se ha propuerto. El ha querido que D. Gonza- 



92 


L A U X A R 


lo, hidalgo y valeroso, representara el sentir va- 
ronil que no teme al indio y que está dispuesto a 
recibirlo en su trato y amistad a condición de que 
responda lealmente a su buen acogimiento, mien- 
tras Da. Luz, timorata y recelosa, encama el ho- 
rror instintivo del salvaje y rehúsa, espeluznada, 
todo trato con él. Dice D. Gonzalo: 

¿Y qué? ¿Tiene algún crimen? 

¿No lucha por su hogar y por su patria? 

¿No defiende la tierra en que ha nacido. 

La libertad que el español le arranca? 


Yo probaré en ese hombre si se encuentra 
Capaz de redención su heroica raza. 

A lo que Da. Luz contesta sin reflexión, ciega- 
mente : 

Esa estirpe feroz no es raza humana. 

Blanca abre ingenuamente su pecho al indio por 
compasión y humanidad; D. Gonzalo, prudente- 
mente, lo somete a prueba; Da. Luz nada quiere 
saber con él. Entre ellos figura el P. Esteban, 

Encarnación de aquellos misioneros 
Que del reguero de su sangre hacían 
La primer senda en medio del desierto. 



Juan Zobbilla de San Martin 


93 


Y marcaban el sitio 
Hasta el cual penetraba el Evangelio, 

Con el cadáver solo y mutilado 

De algún mártir sin nombre y sin recuerdo. 

El P. Esteban es interesante como tipo de reli- 
gioso al gusto de Zorrilla de San Martín, puramen- 
te evangélico, y sobre todo porque en su espíritu 
se formula y agita el problema que constituye, se- 
gún queda ya indicado y se verá en seguida, la idea 
madre de Tabaré. 

Meditaba el anciano 

Los destinos secretos 
De aquella pobre raza moribunda 
Que el abismo atraía hacia su seno. 

Miraba el Crucifijo, 

Símbolo dulce del amor eterno; 

Interrogaba a sus cerrados ojos 

Y a BU labio expirante y entreabierto, 

Y entonces recordaba 
Al indio de ojos de color de cielo; 

Miraba en él su estirpe redimida 

Y el clarear de un horizonte nuevo. 


El fraile meditaba, meditaba 
Con desolado empeño. 



94 


L A U X A B 


Cuando creía su ilusión cumplida, 

Tocaba lo imposible y el misterio. 

El destino de la raza charrúa: he aquí el verda* 
dero motivo del poema. Zorrilla de San Martín nos 
invita en la Introducción a que le sigamos 

Hasta saber de esas historias 
Que el mar, el cielo y el dolor nos cuentan. 
Que narran el ombú de nuestras lomas. 

El verde canelón de las riberas. 

La palma centenaria, el camalote. 

El ñandubay, los talas y las ceibas: 

La historia de la sangre de un desierto. 

La triste historia de una raza muerta. 


De aquella raza que pasó desnuda 
Y errante por mi tierra. 

Como el eco de un ruego no escuchado 
Que, camino del cielo, el viento lleva. 

Nos promete el poeta: 

Todo lo de la raza: lo inaudito 
Lo que el tiempo dispersa, 

Y no cabe en la forma limitada, 

Y hace estallar la estrofa que lo encierra. 



Juan Zorrilla de San Martin 


95 


Ha quedado en mi espíritu tu sombra, 
Como en los ojos quedan 
Los puntos negros de contornos ígneos 
Que deja en ellos una lumbre intensa . . . 

¡Ab! no, no pasarás como la nube 
Que el agua inmóvil en su faz refleja; 

Como esos sueños de la mediña noche 
Que en la mañana ya no se recuerdan: 

Yo te ofrezco ¡oh ensueño de mis días! 
La vida de mis cantos, que en mi tierra 
Vivirán más que yo. . . ¡Palpita y anda. 

Forma imposible de una raza muerta! 

Juan Zorrilla de San Martín ha querido escribir 
en Tabaré la epopeya de la raza charrúa. 

Su obra tiene, sin embargo, un tono elegiaco 
permanente. El mismo dice de ella que es una ele- 
gía cuando la ofrece a los que supone oyentes de 
su canto: 

Seguidme juntos a escuchar las notas 
De una elegía que, en la patria nuestra. 

El bosque entona cuando queda solo 
Y todo duerme entre sus ramas quietas. 

“Yo llamaba a la epopeya — dice en una nota. 
Quien me ha respondido no lo sé. He escrito la 
respuesta en este libro. 



96 


L A U X A R 


“¡La epopeya! oigo exclamar al tratadista de re> 
tórica y poética. ¡La epopeya, con un salvaje obscu- 
ro por protagonista y con un caserío y ima selva 
por teatro! ¡La epopeya en verso asonantado y 
sin octavas reales! 

“¡Oh, adoradores de las venerables tradiciones 
de forma! Yo, que veuero al viejo padre Homero, 
yo, que no concibo el arte sin la belleza de la for- 
ma, no creo, sin embargo, que esté dogmáticameu- 
te establecida la forma de la belleza. 

“Inoculad el espíritu épico en un organismo li- 
terario hermoso, y habréis realizado la epopeya. 

“¿No existen epopeyas dramáticas? ¿No se ha 
llamado epopeya al Quijote, a La vida es sueño 
o a los cantos de Osián? 

“La epopeya no es una forma literaria; lo que 
la caracteriza es el agente que imprime movi- 
miento e impone desenlace a la acción. 

“¿Y lo maravilloso? se me dice. Precisamen- 
te lo maravilloso en la epopeya es la desapari- 
ción de la voluntad humana como agente de la 
acción, a fin de que ésta sea movida por una fuer- 
za superior. 

“Y cuando la criatiura desaparece, no hay tér- 
mino medio: tiene que aparecer el Creador. 

“La encamación de sus leyes misteriosas en los 
sucesos humanos se llama creación épica.” 



Juan Zobrilla de San Martin 


97 


En la Introducción confiesa igualmente que 
ha querido infundir en su obra “el ser de la epo- 
peya”. 

Estas pocas palabras suyas han promovido, 
cuantas veces se ha estudiado el poema, la cues- 
tión de su índole, de su naturaleza, o de su cla- 
sificación como se ha dicho con desprecio entre 
nosotros. No se trata, desde luego, de un tema de 
la mayor importancia; pero no es tampoco un 
vano ejercicio de encasillamiento, simple tarea 
de meter la obra en una especie de cajón intelec- 
tual, en el cajón de las epopeyas a en el de los 
poemas heroicos. El asunto así encarado pierde 
todo interés razonable. Con una u otra etiqueta, 
en uno u otro cajón, Tabaré será siempre lo que 
es, no por el cajón ni la cli<|iict;t, sii'o por obra 
y gracia de sus elementos y cualidades. La dife- 
rencia de palabra o de encasillamiento existe 
evidentemente; pero no es del todo despreciable 
porque sea secundaria. Conviene revolver de vez en 
cuando los cajones y los papeles por lo que puede 
habérsenos quedado en ellos y aunque no sea pa- 
ra más que ahuyentar las alima'ñas y poner en or- 
den y limpieza toda cosa. En este caso hay para 
hacerlo un motivo especial; es la voluntad del 
poeta. El ha querido que su obra fuese una epo- 
peya y se ha dicho, o dado a entender, con do- 



98 


L A U X A R 


masiada insistencia, que no lo es. Acaso él tenga 
razón de una manera u otra y le debamos jus- 
ticia. 

Zorrilla de San Martín ve en Tabaré una epo- 
peya, porque lo que mueve su acción e impone el 
desenlace es un agente superior al hombre: lo 
maravilloso, la voluntad divina. Ni los personajes, 
ni los lugares, ni la forma exterior y literaria; ni, 
en una palabra, otra cosa que lo expuesto, influye 
en esta caracterización de la obra. El poeta ha- 
bla, es verdad, del “espíritu épico”; pero a renglón 
inmediato muestra que no consiste a sus ojos más 
qup en la impulsión sobrehumana de los aconteci- 
mientos. “La encarnación de sus leyes misteriosas 
en los sucesos humanos se llama creación épica”. 
Don Quijote, La vida es sueño y los cantos 
de Osián son, de acuerdo con esto, sus ejemplos 
de epopeya. 

Hay aquí una cuestión baladí, confusamente 
planteada. Es verdad que hasta ahora no se ha 
producido ninguna epopeya sin la intervención 
de lo maravilloso en calidad de máquina, y en 
cieito sentido puramente histórico, puede sin du- 
da afirmarse que no hay epopeya sin agente di- 
vino. Esta circunstancia, sin embargo, podría ser 
meramente ocasional, y ahora o en lo futuro na- 
da impediría que la epopeya de un pueblo sin 



Juan Zouiulla de San Martin 


99 


dioses o con ellos fuera una epopeya humana y 
nada más que humana. Nuestra independencia 
patria cantada en una epopeya daría o no entra- 
do a lo divino o sobrehumano según el gusto y 
las creencias del poeta. Zorrilla de San Martín 
mostraría en ella al país geológica, etnológica, 
geográfica y sociológicamente predestinado a la 
libertad y es seguro que bajo todas esas obscu- 
ras tendencias naturales descubriría un designio 
de Dios como ya lo hizo en el discurso pronun- 
ciado en la inauguración de una estatua a Juan 
Antonio Lavalleja, de Conferencias y Discursos 
y en los primeros capítulos de La Epopeya de 
Articas. Probablemente suprimirían por inútiles, 
en la obra, esas fuerzas naturales intermediarias 
entre lo divino y lo humano, los que han descu- 
bierto e invocado una Virgen de los Treinta y 
Tres como protectora especial de nuestras gestas 
heroicas. Ellos harían más sencilla la trama de lo 
maravilloso presentando a las claras y derecha- 
mente el milagro de los favores divinos. En cam- 
bio un poeta sin religión cantaría en nuestra histo- 
ria una empresa puramente humana y natural, 
basada, si se quiere, en condiciones ignoradas o mal 
conocidas de raza y de suelo, pero, sin duda algu- 
na, ajena a toda influencia celeste. El interés, redu- 
cido a cosas de la tierra y del momento, sería 



100 


L A U X A B 


bastante para contentar los entusiasmos patrios y 
las exigencias estéticas de honda y entera ver- 
dad sobre el alma y las costumbres de un gru- 
po humano, y el cuadro no perdería, ni en su 
amplitud ni en su intensidad, lo que se necesita 
para una representación fiel de la vida histórica 
oriental. La Ilíada, la Odisea y la Eneida son reli- 
giosas; sin embargo lo religioso en ellas sólo inte- 
resa nuestra curiosidad como fenómeno exclusi- 
vamente humano. Nadie admite en los dioses de 
Homero y de Virgilio más realidad que la del ar- 
te; para nosotros es, pues, indiferente en sus obras 
la intervención divina. Lo que buscamos y nos 
apasiona es su poesía humana, la pintura de las 
razas griega y latina. Este fondo inmenso de rea- 
lidad humana, su exactitud y su grandeza en la 
representación de los dos pueblos, es lo que las 
eleva a la categoría de epopeyas. Nada semejan- 
te existe en La vida es sueño. Sólo el romanticis- 
mo, a toda costa empeñado en confundir los gé- 
neros literarios, la ha podido llamar, en el senti- 
do estricto del vocablo, epopeya. La Divina Co- 
media, Don Quijote y Fausto merecen que, por 
su grandeza, se rompa el molde antiguo de la 
suprema composición épica y se les dé puesto de 
iguales junto a las más altas creaciones del ge- 
nio poético. Difieren hondamente entre sí y de las 



Juan Zorrilla de San Martin 


101 


epopeyas clásicas; pero su importancia como pin- 
turas de una época, de una sociedad o de un 
tipo humano, es tal que, extrañas por su forma a 
la definición de la epopeya, la igualan por la 
transcendencia de su contenido. La Edad Media, 
el hombre de todors los días y de todos los siglos 
en sus anhelos de heroísmo y de felicidad no lo- 
grarán nunca intérpretes más altos que Dante, 
Cervantes y Goethe. Los tres, cada uno a su mo- 
do, han encerrado en sus ohras el mundo que los 
rodeaba. Dante descubre en su corazón, con la vi- 
da agitada que le prestan sus odios y sus amista- 
des, a la sociedad de su tiempo; Cervantes re- 
fleja en su mirada límpida, con una sonrisa in- 
terior, la imagen de la grandeza heroica en el 
marco de la realidad vulgar; Goethe mira en sí 
mismo a través de todas las situaciones, la úni- 
ca verdad y poesía del hombre y del mundo, el 
anhelo constante, la aspiración infinita. 

En este sentido amplísimo del término, que ha 
permitido calificar de epopeya lírica al JocELYN 
y de epopeya fragmentaria a La Légende des 
S iÉCLES, Tabaré es epopeya con igual o mejor de- 
recho que estas dos obras. Lo es por la elevación y 
transcendencia de su espíritu, por la pintura de la 
raza charrúa y del mundo americano. Poco im- 
porta qpie él cante la raza charrúa desaparecida 



102 


L A U X A B 


7 esté destinada a la raza blanca, contra lo que 
ocurre en todas las epopeyas conocidas que siem- 
pre cantaron la misma raza a que eran destinadas; 
porque eso no altera ni su naturaleza ni su al- 
cance. 

Los charrúas ocuparon poco sitio en el mundo 
y no llenan todas las páginas del poema. Los 
amores de Tabaré y Blanca, que no son amores 
charrúas, desalojan de su mayor parte a la raza 
india. Del Libro Primero, sólo el primer canto 
es para ella; en el Libro Segundo cuenta apenas 
una breve enumeración de los caciques muertos 
(Canto I, partes IV, V y VI), un estupendo sa- 
ludo a la raza incomprendida (parte LV), la 
pintura de un grupo de indios caminando (Canto 
II, parte IV) y otra de los mismos durmiendo 
(parte XI). La raza charrúa, sin embargo, está 
constantemente, como fondo de la acción, en el 
poema. Tabaré la encama y representa, no en su 
realidad brutal y repelente, sino en el angustioso 
problema de su aniquilamiento: 

Toda su raza 
En él moría, muda sin quejarse. 

Sola en la densa noche de su alma. 

El poeta no ha querido para protagonista a un 
indio cualquiera; ha elegido en la raza caracte- 



Juan Zobrilla de San Martin 


103 


rizada por los ojos negros, a un mestizo de ojos 
azules, al más capaz de alma, al que mejor podía 
mostrar lo que su estirpe hubiera podido ser, no 
lo que fue: 

¡Para llorar la moribunda estirpe 
Una pupila azul necesitaba! 

Del charrúa vulgar, de pómulos salientes, ojos 
estrechos y alargados y cabello clinudo, del ver- 
dadero charrúa si así lo prefieren los que no re- 
conocen más verdad que la histórica, hay en Ta- 
baré algunos retratos individuales en la presen- 
tación de los caciques, otros generales del tipo 
indio y multitud de cuadros de costumbres y ce- 
remonias. Habría que reproducir casi medio 
poema para dar una idea de lo que a este res- 
pecto encierra, y es mejor que los curiosos lo 
busquen y encuentren como el poeta ha querido 
ofrecérselo en su libro*. 

El tema de la obra, su motivo fundamental, lo 
constituye, más bien que la raza charrúa, su des- 
tino, su muerte. El poeta describe a los indios, in- 
forma acerca de su vida; pero sólo incidentalmen- 


* Quizá a este respecto un espíritu muy exigente po- 
dría descubrir algunas impropiedades. Zorrilla de San 
Martin sabe que los indios no conocieron el caballo sino 
por los españoles; sin embargo al describir la impresión 



104 


La u X a b 


te los mezcla a la acción, en el ataque a los es- 
pañoles que precede a la captura de Magdalena, 
en la situación en que se encuentran frente a 
San Salvador y en la sorpresa nocturna de este 
pueblo. Ya han caído todos sus caudillos cuando 
la acción se inicia; ya los últimos charrúas, dis- 
persos y reducidos a la impotencia, están irremi- 
siblemente condenados al exterminio. 

¿Qué queda entonces de la tribu errante 
Del Uruguay? ¿Qué, de su altiva raza? 

Aun resta su agonía; asida al suelo. 

La fiera agita su convulsa zarpa. 

Quedan indios aún para la muerte. 

El poeta, al comenzar sus cantos, se interroga 
sobre el enigma de la raza indígena: 

Para ella el horizonte cierra el mundo 
Con un muro de piedra; 

Tras él duermen las tardes y las lunas. 

Tras él la aurora duerme y se despierta. 


de lo8 charrúas ante la primera nave europea qne ven, dice 
de ésta, como si ellos estuvieran habituados a cabalgar: 
Llega a la costa, y agarrando al rio 
Por la erizada crin, en él se sienta. 

(Libro I, Canto I, v) 

Da por seguro que los indios conocian el perro y hasta 



Juan Zobrilla de San Mahtin 


105 


Cruza el salvaje errante 
La soledad de la llanura inmensa; 

Y el amarillo tigre, como él, hosco. 
Como él, fiero y desnudo, la atraviesa. 

El tigre brama; el indio 
Contesta en el silbido de su flecha. 
¿Dónde va? ¿Qué persigue? Tras su paso. 
Sobre ese hermoso suelo ¿qué nos deja? 

¿Para él está formada 
Esa encantada tierra 
Que a los diáfanos cielos de Diciembre 
Les devuelve una flor por cada estrella? 

¿Para él sus grandes ríos 
Cantando, se despeñan. 


lo tenían mezclado a sns snpersticiones, — cosas ambas, 
para mí, completamente inciertas: 

El Urugnay en vano 

Sale a sn encuentro y ladra bajo de ella 

(Libro I, Canto I, v) 
Son los perros qne roen a las Innas 
Y, apagan las estrellas 

(Libro III, Canto II, xi) 
Persiguiendo a la luna 
Los x>erros negros van 

(Libro III, Canto II, xii) 
Los perros qne devoran a las lunas 
No ladran como yo 


(Libro III, Canto II, xvi) 



106 


L A U X A R 


Los himnos inmortales de sus ondas? 

¿Qué fue esa raza que pasó sin huella? 

¿Fue el último vestigio 

De un mundo en decadencia? 
¿Crepúsculo sin día? ¿Noche acaso 
Que surgió obscura de la noche eterna? 

La obra entera responderá a esta inquietud 
de la conciencia ante el misterio de la tribu ex- 
tinguida, con una explicación indecisa, articula- 
da entre sollozos. Recuérdese que en El Angel de 
^los Charrúas Zorrilla de San Martín llamaba “ino- 
cente” a esa raza y lamentaba su extinción inicua. 
En Tabaré vuelve sobre el mismo tema para justi- 
ficar la voluntad exterminadora de Dios. Los cha- 
rrúas, incapaces de regeneración cristiana, han 
desaparecido; concebidos en la iniquidad y en el 
pecado, en ellos han muerto por inescrutable de- 
signio; la justicia terrible del Dios de los casti- 
gos y las venganzas está hecha. El poeta acata 
su fallo; pero no acierta a tranquilizar con él su 
corazón de hombre, y saluda, con respetuosa ad- 
miración y profunda tristeza, a la raza extinguida : 

¡Héroes sin redención y sin historia. 

Sin tumbas y sin lágrimas! 

¡ Estirpe lentamente sumergida 
En la infinita soledad arcana! 



Juan Zorrilla de San Martin 


107 


¡Lumbre expirante que apagó la aurora! 
¡Sombra desnuda muerta entre las zarzas! 

Ni las manchas siquiera 
De vuestra sangre nuestra tierra guarda. 

¡Y aun viven los jaguares amarillos! 

¡Y aun sus cachorros maman! 

¡Y aun brotan las espinas que mordieron 
La piel cobriza de la extinta raza! 

Héroes sin redención y sin historia, 

Sin tumbas y sin lágrimas, 

Indómitos luchasteis . . . ¿Qué habéis sido? 
¿Héroes o tigres? ¿Pensamiento o rahia? 

Como el pájaro canta en una ruina. 

El trovador levanta 
La trémula elegía indescifrable 
Que a través de los árboles resbala. 

Cuando os siente pasar en las tinieblas 
Y tocar con las alas 
Su cabeza, que entrega a los embates 
Del viento secular de las monta'ñas. 

¡Sombras desnudas que pasáis de noche 
En pálidas bandadas. 

Goteando sangre que, al tocar el suelo. 
Como salvaje imprecación estalla . . . 



108 


L A U X A B 


Yo OS saludo a pasar. ¿Fuisteis acaso 
Mártires de una patria, 

Monstruoso engendro a quien feroz la gloria, 
Para besarlo, el corazón le arranca? 

Sois del abismo en que la mente se hunde* 
Confusa resonancia. 

Un grito articulado en el vacío 

Que muere sin nacer, que a nadie llama. 

Pero algo sois. El trovador cristiano 
Arroja húmedo, en lágrimas. 

Un ramo de laurel en vuestro abismo. . . 

¡Por si mártires fuisteis de una patria! 

Esta incertidumbre quita en parte al retrato 
de la raza charrúa la seguridad de carácter propia 
de las epopeyas para describir a los pueblos que 
en ellas se cantan. A cambio de la firmeza épi- 
ca, ofrece al gusto de nuestros días una vague- 
dad misteriosa. Tabaré, el indio imposible, con 
su doble y opuesta personalidad, vacilante entre 
la exaltación afectiva y la fiereza bárbara, alter- 
nativamente arrastrado por esas tendencias que 
no llegan a aquietarse y componerse en armo- 
nía, es por su condición incierta el representante 
más genuino de su raza estudiada en la pugna 
de su índole con el espíritu cristiano. 



Juan Zorrilla de San Martin 


109 


Ha podido afirmarse que Tabaré no es per- 
sonaje de epopeya. No lo es sin duda, si se per- 
siste en tomar a las epopeyas clásicas de modelo 
para las epopeyas modernas. La guerra fue tm 
tiempo la más grande acción de los pueblos; el 
guerrero tuvo entonces el privilegio de la supe- 
rioridad. Eneas, sin embargo, es menos militar 
que pensador, y tiene para nosotros el encanto de 
su ternura reflexiva. El espíritu de los tiempos 
ha cambiado desde los tiempos de Grecia y Ro- 
ma: hoy preferimos el pensamiento a la proeza 
y nos complace más la intimidad que el campo 
de batalla. ¿No ha dicho un filósofo que, gas- 
tada con el tiempo, en el afinamiento de la sen- 
sibilidad humana, la poesía bárbara de la lÜADA, 
sólo sobrevivirán de ella, un día, la sonrisa lloro- 
sa de Andrómaca en la despedida de Héctor, y 
el abrazo de Príamo a las rodillas de Áquiles en 
demanda de conmiseración para su hijo muerto? 
Pues todo Tababé está hecho de ternura afligida; 
todo él es belleza con lágrimas; todo, alma y 
corazón heridos por la adversidad inexorable de 
los destinos trágicos. 

La actividad épica no es ciertamente un rasgo 
culminante en el protagonista; no lo es tampoco 
en el poema. Hay en éste una situación primor- 
dial y decisiva: es la lucha tremenda, cuerpo a 



no 


L A U X A R 


cuerpo, entre Tabaré y Yamandú, que ha rapta- 
do a Blanca y la tiene a su merced en el bosque. 
Un poeta épico hubiera naturalmente descrito, con 
todas sus fases y peripecias, en toda su amplitud, 
en todo su vigor, esa contienda catastrófica. Zo- 
rrilla de San Martín apenas la menciona; pone 
toda su atención en Blanca, que está allí, enco- 
gida sobre el suelo, acurrucada con espanto, la 
cabeza escondida entre las rodillas y los brazos, 
los ojos sin vista, de espaldas a los indios; y el 
poeta no dirá lo que sucede entre los combatien- 
tes, sino lo que pasa en Blanca; su miedo, su an- 
siedad, su horror, después su perplejidad y su 
dulzura. 

El protagonista lleva en su pecho una lu- 
cha de sentimientos incomprendidos, que por fuer- 
za aniquila su voluntad' y con ella, los afanes 
del tumulto y de la guerra. Por eso, huraño, 
reconcentrado, al apartarse de los hombres, trans- 
porta consigo a sus soledades el interés del poe- 
ma y le infimde un espíritu eminentemente líri- 
co. Es lírico por la calidad de las emociones ín- 
timas, por la resonancia inaprehensihle con que el 
misterio responde siempre a su poesía en un eco 
vago y lejano, por la profundidad y transparen- 
cia de la expresión desnuda de adornos literarios. 

Lo que da a la obra su tono, el sentimiento de 



Juan Zorrilla de San Martin 


111 


orfandad convertido en culto 7 transformado más 
tarde en amor casi religioso, fue en el poeta — 
7a lo hemos visto al ocupamos de sus primeros 
años y de su primera obra — una verdad sentida 
con toda el alma desde su infancia. El relato 
del P. Enrich se enriquece en el poeta con 
los datos referentes a una madre, que en aquél 
no aparecía. El indio niño, como el poeta, queda 
huérfano y vive sumido en el recuerdo de su ma- 
dre muerta. Esta preocupación se mezcla después 
a sus amores imposibles y pone en ellos una no- 
ta de pureza mística. Así, más bien que la imagi- 
nación, es la vida misma del poeta, lo que en 
Tabaré crea al personaje principal y compone la 
fábula. Todavía puede agregarse a esto que el 
poema se ha ido formando solo en su espíritu. Los 
primeros versos escritos por él: 

Vosotros, los que amáis los imposibles. 

Los que vivís la vida de la idea; 


Los que escucháis quejidos y palabras 
En el triste rumor de la hoja seca, 

Y algo más que la idea del invierno 
Próximo y frío a vuestra mente llega 

Al mirar que los vientos otoñales 
Los árboles despojan y los dejan 



112 


L A U X A R 


Ateridos, inmóviles, deformes. 

Como esqueletos de bellezas muertas; 

son un desenvolvimiento de la idea expresada 
en la última parte de El Poema de las Hojas: 

¿Quién, al ver en los surcos del camino 
Las pobres hojas que los vientos llevan. 

De una vida de amor y de ilusiones 
Verá la triste huella? 

¡Cuántos hay que al mirar las amarillas 
Hojas que se revuelcan. 

Sólo ven la venida del invierno. 

Del seco bosque en las dolientes quejas!* 

La Introducción de Tababé desarrolla el tema 
tratado en La Inspiración, una de las produccio- 
nes probablemente más antiguas de Zorrilla de 
San Martín. ¡Madre mía!, y No era un sueño es- 
tán inspiradas en el culto de la memoria mater- 
na y con la poesía Buscándola, presentan clara- 
mente la situación después repetida en Tabaré. El 
Angel de los Charrúas llora la muerte de la raza. 
Y no ya una u otra composición, como las indica- 


* ¿Es esto un recnerdo consciente o inconsciente de la 
frase de WERTHER, carta del 27 de Mayo: “a quién la caída 
de la hoja no dice más cue la proximidad del invierno”? 



Juan Zoriulla de San Martin 


113 


das, sino todas en Notas de un Himno revelan la 
espiritualidad idealista y melancólica de la obra 
futura. La forma es, hasta en algunos detalles de 
la expresión y del verso, idéntica. Así había es- 
crito el poeta en Notas de un Himno: 

El lago, el bosque y la ilusión despiertan 
y dice en Tabaré que hay historias 

Que el mar y el cielo y el doler nos cuentan; 

y es la misma, entre otras, esta imagen de los dos 
libros. 

El punto negro de contornos ígneos 
Que al ver el sol en nuestros ojos queda. 

(Las Almas) 

Los puntos negros de contornos ígneos 
Que deja en ellos una lumbre intensa 

(Tabaré) 

Por último el drama Tabaré, que no fue pu- 
blicado, debió reunir y dejar que se alimentaran 
libremente en el espíritu del poeta, con la poesía 
de sus emociones y de las cosas, los elementos 
hasta entonces dispersos de su futura obra maes- 
tra. Tabaré debía ser, en consecuencia, un per- 
fecto retrato del autor, dulce, vago, lleno de mis- 
terio como él, y no seco ni brutal como los cha- 



114 


L A U X A H 


rrúas. La conciliación de estos elementos primor- 
diales — el autor y la raza cantada — era difícil; 
el poeta supo sobreponerse a la dificultad; no 
cantó al charrúa en su vida libre y salvaje, lo cantó 
en su aniquilamiento y en su muerte. 

Estos orígenes remotos, estos gérmenes y raíces 
de la obra, que se descubren en su autor antes de 
que tuviera la concepción clara de su poema, ha- 
cen evidente la falta de fundamento en toda in- 
sinuación y sospecha de imitaciones deliberadas 
para lo esencial o importante. Pueden encontrar- 
se en Tabaré los procedimientos de la narración 
osianesca y de la quejumbre becqueriana llena de 
dulzura y de misterio, cargada de repeticiones y 
de imágenes fluctuantes y nebulosas, con cierto 
dejo de melancolía y aire de ensueño; puede se- 
ñalarse con toda precisión alguna fórmula ya usa- 
da por otros poetas; pero lo primero. Zorrilla de 
San Martín lo ha hecho suyo con el mejor dere- 
cho, porque a todos ha superado en esa manera 
de exposición, y lo seignndo no solamente es raro, 
sino que no significa nada en una obra de alien- 
to y de grandeza como Tabaré. Maurice Barres, 
al señalar el acento espiritualista de la obra, ha 
agregado que en la lengua francesa sólo Lamarti- 
ne da alguna idea de él. D. Juan Valera no hu- 
biese coloreado a Bécquer sobre Zorrilla de San 



Juan Zobhilla de San Mastín 


115 


Martín a pesar de ser quien más exactamente ha 
definido la influencia del poeta espáñol en el 
americano: “Las asonancias alternadas; la acumu- 
lación de símiles para representar la misma idea 
por varios lados y aspectos; una sencillez gra- 
ciosa, que degenera a veces en un prosaísmo y 
en desaliñado abandono, pero que da a la ele- 
gancia lírica el carácter popular del romance y 
aun de la copla; el arte o el acierto feliz de decir 
las cosas con tono sentencioso de revelación y 
misterio, y cierta vaguedad aérea que no ata ni 
fija el pensamiento del lector en un punto con- 
creto, sino que lo deja libre y lo solevanta y es- 
polea para que busque lo inefable y aun se figu- 
re que lo columbra o lo oye a lo lejos en el 
eco remoto de la misma poesía que lee: de to- 
do esto hay en Bécquer y de lodo esto hay en 
Juan Zorrilla de San Martín también”. 

Zorrilla de San Martín, quizá instigado por el 
propósito de exceder en su condescendencia a 
los mayores ataques de la crítica malevolente, no 
se ha contentado con aceptar como verdaderas las 
fuentes de Tabaré señaladas en otros autores: las 
ha multiplicado. Homero, Esquilo, Dante, Cer- 
vantes, Shakespeare, Goethe, Schiller, Halm, 
Osián y Bécquer habrían sido algo así como los 
descubridores de la poesía que él recogió en su 



116 


L A U X A R 


poema. Son tantos y tan diversos lo« predecesores 
indicados que su influencia no podría condensar- 
se en una fórmula sino presentando a Zorrilla de 
San Martín como el heredero y más legítimo re- 
presentante de la poesía imiversal, hija y se'ño- 
ra de todos los tiempos. El reproche injusto se 
convertiría de este modo en suprema alabanza. 

Tiene, sin duda, alientos del Dante la pintura de 
Abayubá muriendo: 

¡Cómo cayó! Al sentirse 
Pasado por el hierro de una lanza. 

Trepó por ésta hasta morir, cortando 
Con el diente afilado por la rabia 

La rienda del caballo, en cuya grupa 
El español acaba 

Con el puñal la destructora brega 
Que la ocupada lanza comenzara. 

También son dantescos los detalles que sirven 
a Tabaré para reconocer en Blanca una realidad 
corpórea : 

No, no es ilusión, no es un fantasma; 

Han crujido a sus pies las hojas secas. 

Ha hecho mover las ramas al tocarlas, 

como lo son igualmente, aunque en sentido con- 
trario, las observaciones sobre la inmaterialidad 
de un aparecido y sobre la oración: 



Juan Zobrilla de San Martin 


117 


El viento que en su tomo 
Los centenarios ñandubáis descuaja. 

No mueve ni un cabello del cacique 
Que a través de los árboles resbala. 

. . .una oración cruzó sin hacer sombra. 

La inmensa soledad del firmamento. 

Pero ni éstos ni, por muchos que fueran, otros 
detalles parecidos, quitarían al poema su origi- 
nalidad indudable. Ella reside en su doble carác- 
ter épicolírico, en su tema, en la descripción del 
mimdo americano. No existe un solo punto de 
contacto entre el naturalismo desbordante con 
que está animado el bosque en el Libro Tercero y 
la concepción dantesca de la selva infernal de los 
suicidas; en ambos hablan los árboles; pero en 
ésta hablan como hombres que fueron y en aquél 
sólo tienen la voz de un misterio que refleja y ob- 
jetiva en la naturaleza una alucinación febril de 
Tabaré enfermo y atormentado, que se aleja de 
Blanca y va en busca de la sepultura de su madre. 

“Juan Zorrilla de San Martín — ha dicho Ana- 
tole France — es hoy para la América del Sud, lo 
que Longfellow en el siglo XIX para la del Nor- 
te: la voz, la grande voz del río y de la llanura”. 
El poeta cita con orgullo estas palabras, y con su 
panegirista cree haber hecho obra de belleza con 



118 


L A U X A ■ 


el limo de su tierra virgen y hermosa. La natu- 
raleza de nuestro país no está reproducida en Ta- 
baré como simple teatro pintoresco de la acción. La 
estremece toda, como en El himno del Cielo, nna 
vida impenetrable de misterio: 

¿Quién llora con la luna en los sepulcros, 

Y ríe en las estrellas, 

Y respira en las auras otofiales, 

Y anima la hoja seca, 

Y es perfume en la flor, gota en la lluvia 

Y en la pupila idea? 

Acaso en los espacios infinitos 
Que el hombre no penetra. 

La vida y la armonía se difunden. 

En cuyas formas entran. 

Como elemento indispensable y justo. 

Los ignorados llantos de la tierra. 

Los ayes de las razas extinguidas. 

Su soledad eterna. 

Los destinos obscuros, los suspiros. 

Las lágrimas secretas. 

Los latidos que el mundo no comprende 

Y en la eterna armonía se condensan. 

Zorrilla de San Martín, que ya en Notas de un 
Himno había señalado en la naturaleza un bal- 
buceo y ensayo de expresión espiritual, hermana 



Juan Zorrilla de San Martin 


119 


perfectamente en las páginas de Tabaré, al senti- 
miento general de la obra, las voces y los aspectos 
de las cosas, de los lugares, de la estación y del 
momento. No hay en todo el poema una sola des- 
cripción que, de una manera o de otra, no se mez- 
cle al relato y no armonice con él. Algunas veces 
como a la entrada de Tabaré en el bosque (Libro 
Tercero, Canto V, partes III y siguientes) , el poe- 
ta se e lim ina de sus pinturas y traduce directa- 
mente las impresiones de sus personajes. Es más 
común que describa en nombre propio y así re- 
vele con toda intensidad su concepción idealista. 

Tabaré es una de esas historias 

Que el mar y el cielo y el dolor nos cuentan. 

A lo largo de todo el poema, como en ese ver- 
so, las realidades exteriores se mezclan y confun- 
den con las más intimas y acaban por unificarse 
con ellas y hasta convertirse algunas veces en re- 
presentaciones vagas y misteriosas de sentido ve- 
lado u obscuro. 

Un símbolo, siempre repetido en todo o en par- 
te, con variaciones que lo adaptan a los cam.bios 
del asunto, acompaña y reproduce la acción en 
cada uno de sus momentos principales. Después que 
en el Canto I del Libro I se ha contado como ha na- 
cido y se ha criado Tabaré, hijo de Caracé, el caci- 



120 


L A U X A H 


que de los eharrúas, y de Magdalena, la espa'ñola 
abandonada en la playa por sus compañeros venci- 
dos en la sorpresa de un ataque inesperado, empie- 
za el Canto II con estos versos de significación 
imprecisa, que pueden no comprenderse bien sin 
atento examen: 

¡Cayó la flor al río! 

Los temblorosos círculos concéntricos 
Balancearon los verdes camalotes 
Y en el silencio del juncal murieron. 

Las aguas se han cerrado; 

Las algas despertaron de su sueño 
Y a la flor abrasaron, que moría. 

Falta de luz, en el profundo légamo. . . 

Las grietas del sepulcro 
Han engendrado un lirio amarillento; 

Tiene el perfume de la flor caída. 

Su misma palidez.. . ¡La flor ha muerto! 

Esa flor caída en el río es Magdalena; las al- 
gas que la aprisionan en su seno son los charrúas; 
el lirio amarillento que nace de las grietas de un 
sepulcro y tiene el perfume de la flor caída es 
Tabaré engendrado por la raza condenada a ex- 
tinguirse. Cunado muere Magdalena acaban esos 
versos con la exclamación: “¡La flor ha muer- 
to!”, y cuando al fin del poema también Tabaré 
muera, ese final dirá, en el Canto VI del Li- 



Juan Zorrilla de San Martin 121 

bro III, refiriéndose a la madre y al hijo» con 
la misma exclamación modificada: “¡Han muer- 
to!” Entre esos dos momentos, uno del principio 
y otro del término del poema, repetidas veces rea- 
parecen los mismos versos, con los cambios con- 
venientes para conformarlos a las ocurrencias del 
asunto. ¿No hace patente ese recurso del poeta 
que él quiere y procura arrancarse al relato di- 
recto de los hechos, esfumándolos en la borrosa in- 
decisión de un símbolo, para sublimar el senti- 
miento que emana de ellos, en efusiones líricas? 

Con más claridad se muestra esa tendencia, que 
asemeja el efecto de la poesía a la música, en el 
arrullo lastimero que entona la madre moribun- 
da a su hijo para dormirlo, con el presentimien- 
to de que lo deja para siempre solo en su orfandad: 

Duerme. Si al despertar no me encontraras. 

Yo te hablaré a lo lejos; 

Una aurora sin sol vendrá a dejarte 
Entre los labios mi invisible beso . . . 

Yo formaré crepúsculos azules 

Para flotar en ellos 
Para infundir en tu alma solitaria 
La tristeza más dulce de los cielos . . . 


Yo empaparé de aladas melodías 
Los sauces y los ceibos 



122 


La u X a b 


Y enseñaré a los pájaros dormidos 
A repetir mis cánticos matemos. . . 

Examínense atentamente estos versos. Ellos pa- 
recen llanos y sencillos, e indudablemente lo son 
en lo que dice cada una de sus frases; pero cuando 
fueron escritos no había otros en nuestra lengua 
tan sutiles y complejos. Es evidente que no po- 
drá la madre muerta hablar a su hijo a lo le- 
jos: ni hacer que una aurora sin sol pon- 

ga su heso materno en la boca del niño abando- 
nado: ni flotar en los crepúsculos azules para in- 
fundir en el alma del huérfano la más dulce tris- 
teza; ni producir melodías con los árboles, ni en- 
señar a los pájaros a repetir sus cantos de madre. 
Todo es en esas frases incoherente , imposible, ab- 
surdo; pero de todo eso que, tomado al pie de 
la letra, sería disparatado, resulta sin embargo un 
halago misterioso de ternura y dolor por efecto 
de una correspondencia imprecisable y sugestiva 
entre esas invenciones quiméricas y el sentimien- 
to que las inspira. Todo lo confunde, en el senti- 
do etimológico de la palabra, una armonía de im- 
presiones- y no son las notas aisladas de ese cán- 
tico lo que llega a nuestro espíritu, sino la esencia 
delicadísima de su conjunto extraño. De él se des- 
prende y nos penetra una emoción vaga de pena 



Juan Zobrilla de San Mabtin 


123 


compasiva, una melancolía envolvente, un senti- 
miento indefinible, lastimero y delicioso a la vez. 

Cuando Zorrilla de San Martín componía entre 
nosotros, de ese modo inusitado, realizaba algo 
como lo que se estaba intentando en Francia 
por unos pocos poetas, los simbolistas, que só- 
lo serían imitados años después en América y 
España. Si aquello no era el simbolismo pro- 
piamente dicho, estaba en camino de serlo: era, 
cuando menos, su anuncio En vano se buscaría 
en los románticos nada parecido. Ni el más desen- 
frenado romanticismo en sus más atrevidas ima- 
ginaciones rompe de esa manera el orden natu- 
ral de las cosas. Hace Heine que un pino del Nor- 
te y una palmera del Sud sueñen, separados, el 
uno con el otro, pero eso no es más que un sím- 
bolo transparente, de sentido obvio, acerca de la 
ausencia inquebrantable en el amor. En los citados 
versos de Zorrilla de San Martín, muy al contrario, 
entre lo que se dice y lo que se quiere significar 
con eso, la diferencia es extrema. No es posible 
traducir a un sentido razonable lo que exprimen 
esos versos raros, que se comprenden fácil y per- 
fectamente, punto por punto, y que sin embargo 
sólo comunican, a la manera de la música, una 
excitación de la sensibilidad, sin objeto determi- 
nado. Esto es lo que sistemáticamente se propone 



124 


L A U X A H 


el simbolismo 7 lo que Zorrilla de San Martín ha- 
cía espontáneamente, ajeno a todo propósito de 
escuela, por inclinación natural de su tempera- 
mento. 

Conviene recordar a este respecto que la ima- 
gen de la flor nacida en las grietas de las tumbas 
era ya de tiempo atrás como ima obsesión del poeta, 
extra'ña al uso que de ella podría hacerse En La 
Leyenda Patria ella figura ya dos veces para in- 
dicar allí la inconsistencia del esfuerzo heroico: 

Como esos lirios pálidos y yertos. 

Desmayados suspiros de los muertos 
Que entre las grietas de las tumbas crecen. 

. . .los lirios que en las tumbas brotan 
Al calor del suspiro de la muerte 

El mismo procedimiento, aunque sin desarrollo, 
en notas aisladas, puede encontrarse en diversas 
partes de Tabaré. Así, en la Introducción se di- 
ce que el poema es “lo que la muerte piensa” y 
que él está hecho con los “ecos que han dormido 
sueiios de siglos en la obscura huesa”. Así, de Blan- 
ca dice Tabaré que ella es la “voz de mis sueños” 
y “la voz del sueño de mis noches”. 

Es curioso encontrar antes de 1890 en un poe- 
ta americano que no tiene contacto ninguno con 



Juan Zorkilla de San Martin 


125 


la reciente poesía europea, esas derivaciones del 
romanticismo que intentan una expresión más im- 
precisa, más musical, más sugestiva, del senti- 
miento puro, y acude para ello al uso de un sim- 
bolismo vago, indefinido. ¿No hay en eso un in- 
dicia de cambio en la sensibilidad poética? Son 
los primeros anuncios de la renovación que se 
producirá mucho más tarde entre nosotros, y el 
mismo poeta que los trajo. Zorrilla de San Mar- 
tin, no se daba cabal cuenta de ello.* 

Fuera de los casos de expresión simbolista 
indicados. Zorrilla de San Martín, se vale exclu- 
sivamente del procedimiento más sencillo que con- 
siste en animar con la emoción o la idea del mo- 
mento BUS descripciones de la reabdad. Estas ja- 
más son frías ni impersonales. Para el poeta la 
naturaleza toda encierra el sentido oculto de una 
voluntad divina: el espíritu de Dios, que en un 
tiempo flotó sobre las aguas, hoy se esconde a los 


* Tal vez no hubiera él advertido su alcance y trans- 
cendencia sin estas observaciones. Cuando a soliritud mía, 
leyó estas páginas corregidas para el prólogo de sus Obras 
Completas, me dijo con su ingénita benevolencia que yo 
ponía aquí “una nota interesante”, y como yo sonriera a sus 
palabras, porque eso indicaba que no había leído antes, 
sino muy a la ligera, mi trabajo sobre él, insistió, recalcan- 
do vivamente con la voz y el gesto su dicho: “¡Muy inte- 
resante! ¡Interesantísima!” 



126 


L A U X A R 


ojos incapaces de sorprenderlo, pero no a un poe- 
ta como Zorrilla de San Martín, en las bellezas 
del mundo. 

£1 poeta ha puesto pues mucho de su propia 
alma en el indio de los ojos azules que venera la 
memoria de su madre, y ha infundido a la vez en 
la naturaleza un idealismo religioso. El poema es, 
de este doble modo, entrañadamente personal. Una 
sensibilidad romántica envuelve misteriosamente 
en él, con ternura y melancolía, e impregna de 
lágrimas, cuanto existe y cnanto ocurre. El asunto 
fundamental, que es la extinción de la raza cha- 
rrúa, queda relegado a un plano secundario y es 
sólo el fondo en que se destacan las figuras cen- 
trales de Tabaré y Blanca sobre el pedazo de tie- 
rra que será nuestra patria. Más que el desarrollo 
de la acción importa esa tristeza entemecedora que 
brota de ella. Todo lo penetra y de todo se exhala 
un lirismo doloroso, que es la nota característica 
del poema. 

La versificación de Tabaré es quizá, contra lo 
que se ha dicho, la más apropiada al poema por 
su índole vaga y dulce. Los endecasílabos y epta- 
sílabos asonantados, sin ninguna rigidez en la es- 
tructura de los cuartetos, dejan libre a sus mo- 
vimientos naturales la inspiración del poeta. La 
forma es de por sí lo suficientemente fácil para 



Juan Zobbilla de San Martin 


127 


no imponer, por exigencias del metro o de la ri- 
ma, el empleo del ripio y, por lo mismo que no 
se recarga con adornos artificiosos, mece al alma 
en la música del ritmo y en el halago monótono 
de la rima, y la entrega, sin distracciones, a la 
emoción compleja, delicada y flotante de una poe- 
sía llena de misterio y completamente espiritual. 

Sus mismas cualidades para la expresión de la 
poesía intima hacen que esta forma peque alguna 
vez de prosaica en las descripciones y los relatos. 
En algunas partes de escaso interés lírico, nece- 
sarias sin embargo para conducir la narración, 
hubiera convenido a lo prosaico del fondo una for- 
ma que lo hiciese menos sensible. La elección, a 
pesar de esto, ha sido buena; el poeta ha buscado- 
corno era justo, la forma que más se avenía al ca- 
rácter de la obra, no la que mejor hubiera disimu- 
lado los pasajes de menos importancia. 

El Moro Expósito del Duque de Rivas está es- 
crito como Tabaré, en versos asonantados; su úni- 
ca diferencia es el uso de eptasílabos que se ha- 
ce en el segundo, mientras el primero emplea so- 
lamente el romane heroico. Conviene comparar 
los dos poemas, de tan distinto espíritu, para ver 
hasta qué punto la forma que pesa y cansa en 
uno de ellos, ni siquiera se nota y sirve en el otro. 



128 


L A U X A B 


como canturía, para mantener la atención en un 
reposo favorable al ensue'ño y al misterio. 

La asonancia es llana y continua en largas se- 
ries de versos mientras no habla algún indio; en la 
boca de éstos se hace aguda y cambia para cada 
estrofa. La rima cortada así en terminaciones fuer- 
tes de versos de cinco o siete sílabas mezcla- 
dos con otros de once, produce una impresión 
de sacudida y arrebato que acentúa en el so- 
nido el carácter brusco del alma indígena. 

En la parte meramente literaria, el autor ha 
señalado la influencia del lenguaje tupí, que se- 
gún su parecer, presta viveza y novedad a su poe- 
ma. El castellano de Tabaré no exige particular 
estudio. Sencillo y corriente, contribuye por su 
naturalidad a hacer más fácil el encanto y la 
impresión de la poesía. No hay en sus frases una 
sola construcción violenta. La palabra cumple su 
oficio de nota en la música del verso y evoca 
sin tropiezos ni dificultades, a la vida del espíritu, 
-un mundo de belleza y poesía. 

Lo es Tabaré en efecto: todo vive en él con 
la verdad del arte. Bueno es estudiarlo para com- 
probar sus excelencias y conocer mejor sus cua- 
lidades. No requiere estudio, sin embargo, la ad- 
miración de su poesía. Ella se impone con la se- 
guridad persuasiva de las cosas más dulces y más 



JuA> Zorrilla de San Martin 


129 


grandes: la ternura humana, el misterio y las be- 
llezas de la tierra. Tabaré encierra el alma de 
un poeta, el destino impenetrable de una raza 
y la naturaleza de América; es la revelación pro- 
funda de tres realidades que muy contados hom- 
bres penetran. Maurice Barres ha escrito que es 
un capítulo de la Biblia de la Humanidad que 
se va componiendo con las epopeyas de todo« los 
pueblos.* 


* Zorrilla de San Martín hizo en Tabaré algunas co- 
rrecciones de simpliss detalles en varias ediciones. 

El poema fue traducido al francés por Rethoré (en ver- 
sión últimamente corregida por Jules Supervielle) , al ale- 
mán por el eminente hispanista Juan Fasbenrath, al inglés 
por Huntington y por Owen, al italiano por Folco Testena 
y al portugués por Manoelito de Orvalles. Hicieron además 
en Montevideo traducciones parciales al italiano, Morandi, 
y al esperanto, Enrique L-sgrand. 



V 


La idea de emprender una gran obra sobre Ar- 
tigas debió de se'ñorear el espíritu de Juan Zo- 
rrilla de San Martín más de una vez durante mu- 
cho tiempo. ¿No era él acaso el poeta de la pa- 
tria, 7 en su patria no es Artigas, por su pen- 
samiento y por su acción, la figura prócer por 
excelencia? El solía citar su composición El An- 
gel de Guabiyú, publicada en La Estreixa PE 
Chile, como prueba de su temprano artiguismo; 
con todo en La Leyenda Patria, que es posterior, 
el “Jefe de los Orientales” aparece apenas como una 
sombra perdida en turbios recuerdos. Fue sin du- 
da más tarde cuando se precisó en culto de vene- 
ración el sentimiento de Zorrilla de San Martín 
por el gran caudillo de la idea democrática y re- 
publicana en el Río de la Plata. En 1907 la misión 
que el gobierno le confiaba, de escribir una me- 
moria sobre el héroe para que sirviese de infor- 
me a los artistas llamados a proyectar su monu- 
mento lo obligó a fijar ya, definitivamente, su 
atención sobre el asunto. Sintió entonces que la 
memoria que se le pedía era muy poco para el 



Juan Zo&rilla de San Martin 


131 


tema j para él. Su visión, a medida que miraba 
cada vez más intensamente al personaje, se iba 
agrandando y crecía en proyección ilimitada. 

¿Cómo concretar, en forma escueta y sin vi- 
da, el hervor incontenible que irradiaba de Ar- 
tigas a cuanto lo rodea? No daría seguramente 
una representación exacta de esa animación, que 
es lo esencial, una crónica fría de los hechos con- 
sumados. Eso hubiera sido exhibir los despojos 
secos y carcomidos de un esqueleto en vez de una 
grande alma, y Zorrilla de San Martín latía en- 
tero, con las palpitaciones de un corazón heroi- 
co y vivo, en el tema que se había apoderado, 
con dominio insacudLhle, de su espíritu. Su tra- 
bajo no podía limitarse a lo que se le encarga- 
ba. No podía él atenerse a los estrechos térmi- 
nos de la tarea encomendada y haría una obra 
considerable. Frente al monumento que habría de 
erigirse en bronce o mármol, crearía él un monu- 
mento espiritual, hecho de verdad, de amor, de ve- 
neración, en palabra “musical”. La semilla había 
prendido en tierra propicia, y arraigaba vigoro- 
samente para levantarse lozana al cielo esplén- 
dido y expandirse en fronda soberbia a todos los 
vientos.* 

* Ee difícil creer qne loe escultores extranjeros hayan 
leido los dos gruesos volúmenes de La Epopeya de Articas 



132 


L A U X A B 


No se trataba de hacer literatura; le chocaba 
a Zorrilla de San Martín la imposición de redu- 
cir a los signos artificiales en la escritura sobre el 
papel, lo que brotaba de su pecho con vibración 
profunda 7 comunicativa. Quería hablar: le su- 
bía a la boca la emoción irrefrenable. Su libro 
no estaría hecho en capítulos, sino en conferen- 
cias, en conversaciones. Naturalmente hablaría él 
solo. 

A él se le había elegido entre cuantos pudie- 
ron ser llamados a esa tarea, porque él era el ver- 
bo de la patria. Tendría, pues, que dar su propia 7 


para proyectar el monumento. Era exigir mucho de su aten- 
ción. Probablemente ellos se hicieron resumir ese libro o 
buscaron otra fuente de información más fácil. Del llamado 
a concurso resultó la estatua hecha por Angel Zanelli, que 
se levanta en la plaza Independencia. 

A pesar de esa obra soberbia, los retratos de Artigas más 
difundidos son los de Juan Manuel y Juan Luis Blanes. 
Aparecen ellos reproducidos y multiplicados en las oficinas 
del Estado, ere las escuelas, en las monedas, etc. Es cierto 
que la obra de Zanelli es una creación ideal que responde 
al espíritu del procer y no intenta ajustarse a sa fisonomía 
somática. Ella es a lo menos la expresión viva de nna vo- 
luntad serena, en marcha indiferente a los obstáculos del 
camino, firme y segura en su propósito inquebrantable. Y 
eso fue Artigas. Nada tietken de eso las obras de los Blanes. 
Se dice que uno de eilos estudió las facciones para su efi- 
gie en los parientes del héroe. Es un decir infundado y 
vano. ¿Tenían acaso todas las personas de la familia nna 
misma fisonomía? Si Artigas fue sin igual y único en su 



Juan Zcheilla de San Mastín 


133 


“personal” interpretación, fervorosa, intima, entu- 
siasta, del asunto. Documentada y escrita se hallaba 
ya nuestra historia; su empresa era decir “como 
la sentimos y amamos lo® orientales”, lo que es 
su verdad puesta en nuestro corazón, el credo 
de nuestra fe cívica. 

¿Cosas de poeta? ¿Por qué no? El poeta, co- 
mo el pueblo, adivina y comprende con tino cer- 
tero, contra las vacilaciones y la incertidumbre de 
los sabios razonadores, cuanto verdaderamente le 
interesa. ¿Acaso no vio Zorrilla de San Martín a 
Artigas? “Espero que me creeréis si os digo que 


pensamiento y sn heroísmo, ¿por qué había de ser necesa- 
riamente semejante a los otros en su aspecto? ¿Cómo ha- 
bría podido el artista descubrir en los posibles rasgos co- 
munes lo que era privativo del personaje excepcional? 

Los Artigas de esos dos Blanes son tipos vulgares sin el 
mejor signo de grandeza. Uno, al pie de la Cindadela y 
otro en lo alto de su columna, tienen la actitud de quien 
dice: ¡Aquí estoy yo! y Artigas no era hombre de alardes 
y jactancias. ¡Y eso es lo que se reproduce en bronce 
barato para donarlo a las repúblicas hermanas sin que ella i 
lo soliciten ni tal vez lo quieran ! . . . 

Hay nn solo retrato probable de Artigas. Es el que se 
atribuyó al sabio Bompland. Representa a nn hombre fisi- 
camente acabado por la edad, que mantiene erguida la 
cabeza, derecho como una columna el tronco recostado al 
respaldo de una sila, descarnados el rostro y el cuello, 
desnuda la parte superior del cráneo, con el pelo encane- 
cido y largo sobre las sienes, en la nuca y en las patillas 
que se prolongan hasta abajo de las orejas, grande y fina 



134 


L A U X A B 


yo he visto a Artigas en alguna parte, — asegura 
— y aun en más de una. Bien sabéis con cuán- 
ta precisión se ven estas cosas. Artigas me ha 
mirado, se ha movido en mi presencia, me ha re- 
velado su carácter, sus actitudes, y hasta el co- 
lor de sus ojos, en lo mucho que escribió. Tam- 
bién conozco su voz ...” 

Repetidamente hace alarde Zorrilla de San 
Martín de que desprecia la documentación qne 
se opone a su endiosamiento del héroe inmacu- 
lado ¿Qué valen, qué pueden valer contra su in- 
tuición segura y contra el instinto nacional qne 
aclama a Artigas, las argucias de gabinete ce- 
rrado, expuestas en unos papeluchos discutidos? 


la nariz aguileña, hundida la boca sin dientes, la mirada 
fija, sin objeto visible, como ajena a cnanto lo rodea, la 
mano derecha apoyada, a la altura del pecho, en un bastón 
que es sólo nn palo. Es un Artigas octogenario, todavía 
fuerte, qne ba resistido la traición, la derrota, el exilio 
voluntario y la miseria. Lo ha perdido todo en el mundo, 
pero conserva su entereza heroica. Tiene la majestad mo- 
desta y tranquila de su alma invulnerable. 

En ese Artigas se han inspirado Pedro Blanes Viale y 
José Luis Zorrilla de San Martin para plasmar en cuadros 
y estatuas la figura del prócer en su madurez vigorosa. 
Bueno serta que esto se tuviera en cuenta y qne la grosera 
estampa de Artigas popularizada por las autoridades na- 
cionales se reemplace con las qne responden al noble ca- 
rácter y la grandeza de alma del qne fne el más genuino 
y puro campeón de la librelad para América y de la repú- 
blica para sus pueblos. 



Juan Zobbilla de San Mabtin 


135 


Artigas no es un ente inválido: vive con más rea- 
lidad que todos sus negadores: ¿cómo descono- 
cerlo? Y Zorrilla de San Martín lo representa 
en su integridad preclara, envuelto en el misterio 
sin embargo. 

Artigas, para él, es todo claridad; pero su luz 
esplendente brota en el seno de una sombra den- 
sa j religiosa. Es un predestinado que trae un 
mensaje al mundo y cumple un designio provi- 
dencial. Viene conducido por una fuerza ignota, 
y abre en su marcha camino a un ideal indefec- 
tible. Hay sobre él un poder sobrenatural que 
lo empuja y lo sostiene contra la adversidad y la 
incomprensión de los hombres. Tiene mucho de 
los héroes de Carlyle. 

Las conferencias de Carlyle Sobre los Héroes t 
EL Culto del Héroe fueron para Zorrilla de San 
Martín un libro de cabecera. En ellas alimentó 
y confortó su idealismo transcendental. Estaba ya 
hecho por su catolicismo a la idea de una acción 
continua de Dios sobre las cosas humanas; Car- 
lyle con su concepción del heroísmo como acti- 
vidad superior y reveladora de nuevos destinos 
en el desenvolvimiento de la humanidad precisó 
en forma definida y viviente lo que era principio 
abstracto en Zorrilla de San Martín. El héroe se 
convirtió a sus ojos en enviado providencial. Por 



136 


L A U X A R 


eso no quiere darle explicación humana, histórica, 
etiológica. Por eso arranca a Artigas a toda in- 
fluencia de las circunstancias y lo sublima so- 
bre lo pasajero y lo contingente y hace de él un 
milagro incomprensible o poco menos. 

Su Artigas no deja, sin embargo, de ser un 
hombre como todos los demás, aunque tiene un 
sello particular que lo distingue. Tiene el tem- 
ple incontrastable de lo maravilloso en la con- 
dición común de las gentes ordinarias que lo tra- 
tan. Nadie más natural y sencillo en sns costum- 
bres y modales; pero a todos impresiona y ava- 
salla con su presencia. De lejos, para quienes lo 
persiguen o lo niegan, resulta un enigma; por- 
que no lo pueden apreciar debidamente con el 
vulgar criterio de la razón ordinaria. Se necesita 
una fe de creyente para llegar hasta él cuando 
no se ha experimentado su acción directa; con 
esa fe, que Zorrilla de San Martín predica, el 
misterio se hace claro como la verdad más pura. 

No es fácil que una inteligencia escéptica se 
preste a semejante ideología. Esta, más bien que 
atraer los espíritus cultos, los previene contra la 
obra de Zorrilla de San Martín. Ella hace que 
se piense generalmente que La Epopeya de Arti- 
cas importa sólo como invención de poeta. El 
mismo Zorrilla de San Martín ha dado así una 



Juan Zokeulla de San Martin 


137 


arma contra su libro. Se desconfía naturalmente 
de un trabajo acometido y realizado con esa con- 
cepción sorprendente; se cree, sin examen, sin 
crítica, sin discusión, que todo es infundado e 
imaginario en los cuadros admirables del po>eta. 
¡La historia ha sido transformada en epopeya! 
Es un error: la historia es rigurosamente exac- 
ta, y es epopeya al mismo tiempo. El poeta no ha- 
ce más que cantar la verdad. 

Hay en ella un gran vacío; pero los hechos son 
hechos, y ni uno solo entre cuantos Zorrilla de 
San Martín afirma ha sido ni será probablemen- 
te contestado. Falta en el libro la explicación ne- 
cesaria — ^humana, histórica — de los orígenes, de 
la formación del pensamiento que animó a Ar- 
tigas en toda su carrera. Era muy difícil darla, 
porque no se conocen ni están a mano los elemen- 
tos indispensables. ¿Cómo fue Artigas, desde el 
primer instante, el campeón de la independen- 
cia, de la república y de la democracia? Es po- 
sible que algún día se descubran y puntualicen 
relaciones, ahora apenas entrevistas, con la gran re- 
pública del Norte. Se sabe que Artigas pedía, pa- 
ra difundirlas, una biografía de Wáshington y 
la historia de su patria. Los norteamericanos ne- 
gociaban y contrabandeaban continuamente en el 
Río de la Plata. Pudieron sembrar ideas y aspi- 



138 


L A U X A H 


racionea de libertad y república en el desconten- 
to de los criollos. Pudo Artigas, más avisado y 
próximo a ellos, recibirlas y acogerlas con aten- 
ción solicita y decidida. Zorrilla de San Martín 
no ha querido investigar en ese campo incierto y 
obscuro. Debió de juzgar que para su manera de 
comprender la misión de Artigas convenía, mejor 
que el tanteo vacilante entre dudosas conjeturas, 
la sombra espesa del misterio. Su Artigas se pre- 
senta con el mensaje que lo consagra, y el men- 
saje, que es sobrehumano, da testimonio feha- 
ciente de su origen extraterreno. Zorrilla de San 
Martín acepta y acata el misterio inescrutable. 

Hace más todavía: se hunde en las formaciones 
geológicas del continente americano, y particular- 
mente de la zona ríoplatense, para confirmar la 
predestinación de estas tierras a la independencia, 
y en la “región de las madres” señala como an- 
tecedentes fatales de rivalidad futura, de lucha 
inevitable y de equilibrio final, las fundaciones 
de las tres ciudades atlánticas, Buenos Aires, Mon- 
tevieo y Río de Janeiro. De este modo Artigas 
aparece como eslabón necesario de una cadena 
que liga, en plan cerrado, a los remotísimos pe- 
riodos de la Tierra, la suerte de los pueblos. To- 
do eso tiene indudablemente mucho más de lu- 
cubración caprichosa que de historia razonada. 



Juan ZonnauA de San Martin 


139 


Eso no quita nada, sin embargo, a la exacti- 
tud estricta de la parte verdaderamente histó- 
rica. Se han dejado engáñar los que admitieron, 
exagerando las declaraciones del autor, que él 
desprecia toda clase de pruebas y documentos. No 
bien publicada La Epopeya de Artigas, el Dr. 
Eduardo Acevedo protestó públicamente porque 
Zorrilla de San Martín aprovechaba, sin recordar 
su nombre, su pacientísima y rica información del 
Alegato HistórIco recién aparecido. Con la se- 
gunda edición se repitió el caso; esta vez fue Leo- 
gardo Miguel Torterolo el reclamante, que se in- 
dignó porque La Epopeya de Artigas se mejora- 
ba con sus descubrimientos sobre la toma del 
fuerte Santa Teresa y no mencionaba sus aporta- 
ciones personales. Ni el Dr. Acevedo, ni el se- 
ñor Torterolo fueron justos: publicados sus tra- 
bajos, eran ya de todos, los documentos que ellos 
habían exhumado; no los despojaba de ninguna 
conquista, de ningún derecho. Zorrilla de San Mar- 
tín. Utilizaba su labor meritoria, como toda la 
que precedió su libro. La historia de Artigas es- 
taba ya perfectamente establecida; Justo Mac- 
eo y Clemente Fregeiro habían acopiado cuanto 
era esencial para ella; Carlos María Ramírez 
había rehabilitado al héroe contra la ciega de- 
tracción de sus impugnadores, Eduardo Acevedo, 



140 


L A U X A B 


con formidable tesón, reunía todo lo conocido, lo 
enriquecía con nuevas aportaciones y no dejaba 
nada por hacer, en su densa y enorme obra sobre 
José Artigas, para la vindicación del prócer. Te- 
nía, pues. Zorrilla de San Martín, ya descubierto 
y acumulado por otros el material necesario para 
su laJbor de artista. A él le tocaba animar con pa- 
labras de vida el cuerpo muerto que los otros ha- 
bían desenterrado y exhibido. Algo agrega él mis- 
mo a la copiosa documentación ajena, y es verdad 
que mientras calla las fuentes que aprovecha de 
los otros, menciona cuidadosamente, con más o 
menos disimulado orgullo, sus hallazgos. Es que lo 
suyo, que era nuevo, y por lo tanto desconocido, a 
la fuerza debía citarlo, porque no hubiera podido 
fundar sin ello sin conclusiones, y hubiera sido 
engorroso proceder a cada paso con igual mira- 
miento para lo que ya era conocido y público. Zo- 
rrilla de San Martín ha querido que su obra fuese 
de lectura fácil y corrida, y la mención continua 
de sus fuentes hubiera estorbado ese propósito. En 
el libro entero no hay una sola nota para que no 
tenga el lector que apartarse del texto; de poner 
una, hubiera sido obligado llenar sus páginas con 
otras mil. Es, con todo, lamentable que esa falta de 
referencias y comprobaciones permita y dé asi- 
dero a la sospecha de que todo o mucho es in- 



Juan Zorrilla de San Martin 


141 


venlado y está en el aire como un sueño sin rea- 
lidad. Lo que Zorrilla de San Martín desprecia 
no es la documentación indispensable y eficaz; 
es el argumento inválido que se levanta, con in- 
terpretaciones antojadizas y mezquinas, so,bre pa- 
peles rancios, contra la verdad sólidamente arrai- 
gada en los hechos, en la vida, en la historia. ¿Qué 
significan las tentativas y las palabras de Otor- 
gués, que se vende al español y aduce conniven- 
cias de Artigas, si éste desautoriza tal infamia con 
el desmentido categórico y rotundo que es toda 
su acción y toda su alma, y que está patente y 
claro en su contestación lapidaria: “Han enga- 
ñado a V. S. y ofendido mi carácter cuando le 
han informado que yo defiendo a su rey. . . Yo 
no soy vendible, ni quiero más premio por mi em- 
peño que ver libre mi nación del poderío espa- 
ñol”? Zorrilla de San Martín, identificado con su 
héroe y con él metido en la realidad palpitante 
de las cosas, tiene un gesto desdeñoso para quie- 
nes se pierden, vacilantes y desorientados, entre 
embelecos y calumnias. No discutirá con ellos la 
verdad que habita su corazón, porque sería ofen- 
derla; pero hace lo que basta: la muestra incó- 
lume y augusta en su esplendente grandeza. En 
muchos espíritus cavilosos q[ueda, sin embargo, 
cierto recelo; un poco más de atención y con- 



142 


L A U X A R 


descendencia con la común desconfianza no hu- 
biera sido inútiL Pero Zorrilla de San Martín es 
poeta, 7 canta, 7 no se aviene a menos: no se 
le exija que abandone a Artigas, que lo trans- 
porta en devoción entusiasta, para rebatir 7 con- 
vencer, con demostraciones de abogado, la mala o 
poca fe del adversario tenaz 7 del público des- 
creído. 

El asunto era digno del poeta; estaba hecho pa- 
ra atraerlo 7 seducirlo 7 ganarlo por completo. 
Artigas, que aparece de pronto, ignorado 7 hu- 
milde, en un rincón de su tierra, 7 asume 7 en- 
cama la más genuina representación de una vo- 
luntad obscura de libertad 7 democracia latente 
en el pueblo, 7 se hace conciencia viva de ella, 7 
por ella brega 7 sufre 7 es perseguido 7 calum- 
niado 7 vencido, 7 sin embargo triunfa cuando es- 
tá deshecho, porque es al fin su ideal lo que 
prevalece 7 queda; Artigas, que es grande 7 bue- 
no, que es generoso 7 desgraciado, encierra su 
destino cuanto cabe de sublime en la vida 7 en 
la poesía. Lo que Zorrilla de San Martín más ad- 
mira en él es su fuerte vida interior, sencilla, ca- 
llada, humana, sin aparato, sin desplantes sin ges- 
tos. Lo llama vidente 7 profeta ; no lo llama nunca 
general. No tuvo que forzar su imaginación para 
corregir 7 mejorar su personaje. Fue, al contrario. 



Juan Zorrilla de San Martin 


143 


tan poderosa en él la impresión ante el héroe que, 
para comprenderlo y explicarlo como lo veía, sin- 
tió la necesidad inexcusable de recurrir a lo so- 
brehumano y apelar al misterio. 

No deja por eso, de ser al mismo tiempo la in- 
teligencia perspicaz y despierta que requería el 
análisis de todo ese mundo confuso y turbulento 
que fue la Revolución de Mayo. Nadie basta aho- 
ra ha penetrado con visión más segura en la psi- 
cología de sus prohombres, en la marcha de sus 
acontecimentos, en la significación de la eferves- 
cencia popular y anónima. En vano se habían es- 
forzado los historiadores por conciliar con el cie- 
go impulso del pueblo, que iba a la independen- 
cia y a la democracia, la perplejidad, la indeci- 
sión, las vacilaciones de sus dirigentes de Buenos 
Aires. La Revolución de Mayo era un caos; Zo- 
rrilla de San Martín, sin prevenciones torpes, sin 
apasionamiento sectario, sin odios ni malqueren- 
cias, con el solo amor de la verdad y el firme pro- 
pósito de servirla, desentrañó su oculta realidad, 
en páginas claras y serenas, que impusieron silen- 
cio. Ni una sola voz autorizada ha hablado con- 
tra ella. 

Miguel de Unamuno, que era corresponsal de 
La Nación de Buenos Aires, cuando se publicó La 
Epopeya de Articas, envió de España a ese dia- 



144 


L A U X A D 


rio tres artículos sobre el nuevo libro; los tres 
fueron preparados en prensa, pero solamente se 
dio a luz el primero; los otros dos, que trata- 
ban de Artigas y el patriciado porteño y de El 
padre de la patria o la esfinge paraguaya, des- 
pués de compuestos, fueron desechados y nunca 
ni Zorrilla de San Martín ni el mismo Unamu- 
no lograron obtener los originales. No hubo con- 
troversia ni protesta; se hizo un prudente silen- 
cio absoluto sobre las comprobaciones inataca- 
bles del poeta, que sabía ser un historiador exacto. 

La figura de Artigas domina soberbiamente la 
obra entera; es en ella el corazón y la conciencia 
de un pueblo que lucha a muerte por su existen- 
cia. Zorrilla de San Martín lo envuelve en la au- 
reola de un misterio constante. Hace de él un ele- 
gido, un vidente, un solitario, que lleva en su al- 
ma el gran secreto de un destino providencial. Es- 
to no lo aísla, sin embargo, de las gentes que lo 
acompañan; convive entre ellas en su condición 
sencilla de hombre bueno. Tiene las virtudes na- 
turales de una criatura terrena, de carne y hue- 
so, que sufre y sabe condolerse, y hasta llora. La 
admiración del poeta se impregna de ternura 
cuando se acerca al héroe, y se complace en re- 
cordar paso a paso, tanto como su excepcional 
grandeza heroica, las aflicciones y angustias que 



Juan Zoriulla de San MAsnN 


145 


hicieron de su vida un martirio denodado. “La fe- 
licidad no era para él, — escribe — porque no es 
compa'ñera de la gloria”. No es la gloria de las 
armas y del mando la que Zorrilla de San Martín 
celebra principalmente en su personaje, sino otra 
muy distinta, sin formas ostentosas, íntima y ca- 
llada, la de una elevación espiritual que no des- 
fallece aunque sufre, que no cede jamás, que per- 
severa en el infortunio, y a pesar de todo, se 
sublima en el mismo aniquilamiento final de su 
poderío exterior. Nada más trágico y noble que 
el cuadro de Artigas vencido. 

Llena está la obra, aun en lo que es secun- 
dario, de pasajes maravillosos; las descripciones 
del suelo patrio, de Montevideo, del gaucho, el 
amplio cuadro de todo el pueblo oriental que emi- 
gra tras Artigas en el éxodo, y mejor todavía, la 
rica galería de los retratos, — imponente en su 
naturalidad sencilla el de Washington; señorial y 
deslumbrante como un relámpago, el de Simón Bo- 
lívar; pintoresco, estrafalario y espeluznante, a ma- 
nera de un esperpento y en nada inferior a las más 
estupendas invenciones de Ramón María del Va- 
lle Inclán el de Gaspar Rodríguez de Francia; agu- 
do, hiriente, sarcástriro, el de Carlos de Alvear; 
hondamente emotivo en su humilde grandeza, el 
del indio Andresito, adoptado como hijo porr Ar- 



146 


L A U X A B 


ligas. Son tales estampas y epopeyas, breves obras 
maestras que no desentonan, como cosa aparte o 
diferente, en las mil quinientas páginas del libra. 

No sin razón justificada lo llamó el autor epo- 
peya; porque si tiene la verdad rigurosa de la 
historia acerca de Artigas y de su pueblo, en la 
narración de los acontecimientos, se desenvuelve 
todo en la más pura belleza y respira la más alta 
sublimidad trágica en el destino del héroe. 

En El Libro de Ruth explica Zorrilla de San 
Martín su manera de comprender la historia. No 
hay que tomar a la letra cuanto dice. Es induda- 
ble que se equivoca en el empeño de convertir a 
la historia en ciencia de experimentación, como 
Zola quiso hacer, en sus fatuos manifiestos doc- 
trinarios, con la novela; exactamente como Zola 
con la Introduction a la Médecine Experimén- 
tale de Glande Bemard, se confunde Zorrilla de 
San Martín con las Reglas y Consejos Sobre la 
Investigación Biológica de Santiago Ramón y Ca- 
jal: los dos entienden que experimentar cientí- 
ficamente es sentir un objeto, asimilárselo, iden- 
tificarse con él, después de haberlo observado 
bien. Nada importa eso ahora; lo que interesa es 
ver que Zorrilla de San Martín no concibe y rea- 
liza la hiAoria como obra muerta, como relato frío, 
abstracto, de sucesos remotos. Quiere que sea y la 



Juan Zobkilla de San Mabtin 


14 ? 


hace una resurrección palpitante de la vida en lo 
que tuvo, de esencial y curioso, lo pasado. Es la 
historia como la crearon en los buenos tiempos 
clásicos los griegos y latinos; sólo que Zorrilla de 
San Martín es un romántico desbordante de espi- 
ritualidad, a la manera de Michelet, y en su alma 
todas las cosas viven con aliento espiritual. 

Dueño de la más segura y amplia erudición so- 
bre la materia, no se esclaviza ni agobia bajo el 
peso y la confusión de los textos contrarios o in- 
suficientes. Sabe despertar del polvo que la se- 
pulta en los archivos, una época desvanecida. To- 
do lo anima su imaginación poderosa. A sus ojos 
vuelven a la existencia los muertos y renuevan 
la gesta que vivieron. Mira cara a cara a sus per- 
sonajes: necesita, como él dice, verles hasta el co- 
lor de los ojos y percibir el tono de su voz. No lo 
absorbe la seducción de sus figuras pintorescas; 
porque a la vez escudriña cuidadosamente sus ges- 
tos y maneras y en ellos desentraña su carácter y 
su espíritu. 

Y no es un mero espectador impasible. Se entre- 
ga cordialmente al asunto; se confunde en él, y su- 
fre o se alegra, aplaude o lamenta, y sigue siem- 
pre emocionado, la suerte cambiante del héroe y 
de sus empresas. Con todo, no hay una sola pala- 
bra de rencor, una sola insinuación de odio, en 



148 


L A U X A B 


el libro entero, a pesar de ser éste la vindicación 
de un gran hombre perseguido basta la muerte 7 
vilipendiado con las más crueles calumnias. Na- 
da puede mejor que esto hacer aquilatar la sen- 
sibilidad noble y generosa de Zorrilla de San 
Martín. 

Un transcendentalismo constante penetra los he- 
chos más allá de sus causas inmediatas, 7 los ele- 
va, con sugestiones misteriosas, a una esfera su- 
perior e ideal. En el desconcierto de los hom- 
bres agitados por ciegas pasiones 7 propósitos mez- 
quinos, vigila Zorrilla de San Martín 7 se'ñala una 
corriente fatal, irreprimible, de las fuerzas ocul- 
tas del espíritu, que se hace caminar. Con poten- 
tísima vivacidad pasa inesperadamente del simple 
cuadro natural a su interpretación transcendental. 

Esta viveza del movimiento constituye, en gran 
parte- la magia de su estilo. Desdeña las minu- 
ciosas explicaciones lógicas. Tiene el gusto de la 
forma paradojal, rápida 7 somera. Nada pierde 
en ella su pensamiento. Sería un error pensar que 
en ese intento arriesga sin compensación la cla- 
ridad necesaria al discurso. Lo que omite en 
transiciones lentas lo gana con la intensa im- 
presión del arrebato fulgurante. “Aptitud natu- 
ral, — dice, y agrega sin ninguna interposición 
explicativa: — divina por consiguiente”. “Lo que 



JuA» Zorrilla ul San Martin 


149 


en otro pudo ser una doctrina, — escribe, — en 
Artigas era una visión; otros podían saber la ver- 
dad: él era una verdad”. 

“El arte de la palabra, según expresión propia 
de Zorrilla de San Martín, consiste en hacerla 
cuerpo de un espíritu”. Quiere significar de este 
modto que ella debe fundirse, consubstanciarse 
con el pensamiento, con el alma del asunto. No 
se trata simplemente de llamar a cada cosa por 
su nombre; que esto es elemental y exterior, y 
no basta en la obra de belleza la exactitud es- 
crupulosa de un buen diccionario. Ella requiere 
el calor comunicativo de la vida. Zorrilla de San 
Martín ha dado a su obra toda su alma. En cada 
una de sus páginas está él, entero y desbordante, 
con sn pasión de justicia, con su nobleza inalte- 
rable, con su idealismo generoso, con su amor a 
todo lo bueno y puro, con su llaneza franca y efu- 
siva. Le gusta mostrarse vivamente, a la manera 
impetuosa de Carlyle, con relámpagos de genia- 
lidad deslumbrante; así, para citar sólo dos ejem- 
plos entre millares de iguales casos, cuando anun- 
cia solemnemente: “Os voy a hacer sonar horas 
de verdad y de gloria”, o en forma desenfadada y 
popular falla : “Los hombres, cuando no son genioa, 
son más hijos de su tiempo que de su madre”. No 
rehuye, antes al contrario, busca la expresión per- 



ISO 


L A U X A K 


sonalísima que rompe con cierto aire familiar el 
tono grave del tema o de las circunstancias, y en 
esto recuerda también a Carlyle, lo mismo que a 
Sarmiento y Unamuno. Suele calificar de “bárba- 
ros” a los que más estima por sinceros y fuertes: 
a Artigas desde luego, a Homero, a Shakespeare, 
a Sarmiento. Sobre Sarmiento escribe que “no era 
papelófilo” “y decía cosas reales, casi inconscien- 
tes. Por eso hubo quien le llamó loco, y por eso 
hoy le llaman genio”. Dice de Artigas y Sarmien- 
to: “Este loco sublime (Artigas) es algo más que 
un loco. No en balde lo entrevio Sarmiento, el 
otro loco”. No le chocan las rarezas; acentúa con 
notas de incongruencia aparente lo extraordina- 
rio. De Carlyle, que no es para él un modelo ti- 
ránico, pero sí una fuente inagotable, toma la 
designación de cosa “musical” para lo que irra- 
dia en repercusiones hondas y transciende en 
grandes movimientos, y la idea del “silencio” co- 
mo actitud de profundo recogimiento y actividad 
secreta del espíritu. Hasta en el vocabulario pueden 
se'ñalarse unas pocas, muy pocas, manifestaciones de 
ese prurito de singularidad: el desusado “siquier”, 
“cualquier que sea”, “malgrado”. Tal vez respon- 
den a la misma inclinación del autor por lo sor- 
prendente las comparaciones artificiosas de Arti- 
gas con D, Quijote, el rey Lear y Pedro Crespo. 



Juan Zorbilla de San Martin 


151 


Puede un gusto demasiado estrecho resistirse a 
tales detalles mínimos de la forma; puede, en mate- 
ria de mayor importancia, un criterio severo de his- 
toria cerrado al misterio de lo maravilloso en lo 
épico rechazar como infundado el providencia- 
lismo particular que se atribuye a la acción del 
héroe; pero sea de esto lo que se quiera; ya se 
admita como simpática efusión del poeta o se juz- 
gue impropia de la obra esa intervención perso- 
nal del autor que no respeta límite ni vallas; bien 
se acepte o se recuse la presencia de una voluntad 
oculta en el destino de los pueblos; o pase todo 
eso inadvertido o confuso, como ha de ocurrir con 
la casi totalidad de los lectores, forzoso es reco- 
nocer que La Epopeya de Artigas no tiene igual 
como historia patria, como estudio de la Revo- 
lución de Mayo y como libro, en prosa, de asunto 
americano. 

Dos veces llamó epopeyas Juan Zorrilla de San 
Martín a su obra. Fue la primera para el canto de 
la raza charrúa; fue la segunda para la exaltación 
de nuestro héroe patriarcal. Una y otra vez lo ins- 
piró la patria, y en ninguna fue la obra realizada 
inferior al asunto y a la valentía del intento. Ni en 
poesía ni en elocuencia hay en toda la América de 
lengua española un libro que pueda equipararse a 
Tabaré o La Epopeya de Articas. 



SE TERMINÓ DE IMPRIMIR 
EN MONTEVIDEO El DIA 
TREINTA DE NOVIEMBRE DE 
MU NOVECIENTOS CIN- 
CUENTA Y CINCO, EN 
LOS TALLERES GRAFICOS 
" I N D U G R A F " 
CESAR DIAZ 1300